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Plácido Romero Sanjuán

Tercer premio en el Primer Certamen Supraversum de Relatos de Fantasía y Ciencia Ficción


—¿Qué quiere, señorita Yu?

—¿Ung ha enviado los documentos que le pedí?

—No, señorita Yu.

—El otro día fui a hacerme unos análisis. Toma este código e imprime los resultados, Wonsang.

—Bien, señorita Yu.

—No me molestes en las próximas dos horas.

—De acuerdo, señorita Yu.

Wonsang dejó el despacho haciendo una pequeña reverencia.

No le caía demasiado bien; había sido contratado porque era sobrino de alguien de la junta.  Yu Hayun, sin embargo, lo había conseguido todo a base de esfuerzo y perseverancia.

Se concentró en el alegato del señor Ung. Era muy importante para el bufete y nada fácil de resolver. Ung había edificado en una zona no urbanizable y el ayuntamiento le había dado dos semanas para que presentara alegaciones; si no, tendría que derribar todo lo construido. Varios millones estaban en juego. Yu revisó minuciosamente el plan urbano de Ulsan. Estudió los porcentajes de edificabilidad.

Llamaron a la puerta.

—Sí.

—Señorita Yu, han pasado dos horas.

—¿Ya? ¿Algo del señor Ung?

—Nada. Aquí tiene los resultados de los análisis.

Yu advirtió que Wonsang tenía dibujada una media sonrisa en su rostro, pero no le dio importancia.

—Seguiré con esto un rato. Creo que he encontrado una solución. Puedes irte, Wonsang.

—Gracias, señorita Yu. Buenas noches.

Hayun no pudo evitar sentirse enfadada. Su anterior secretario, Taehwan, se habría quedado. Pobre Taehwan. ¿Dónde estaría?

Siguió estudiando el expediente Ung. Quizá todavía podría salvar algo. Si ese maldito se hubiera molestado en mirar el plan urbano. Le ofrecería presentar alegaciones (quizá el concejal Bak pudiera hacer algo). Si no, estudiarían los porcentajes de edificabilidad.

Preparó la propuesta que expondría a los miembros de la junta al día siguiente. Cuando acabó, era casi medianoche. Estaba agotada. Y dentro de ocho horas tendría que estar de nuevo en la oficina.

Cogió los resultados y los echó en el bolso. Bajó al aparcamiento, que estaba vacío y se dirigió a su coche. La batería estaba casi agotada: estaba segura de que le había dicho a Wonsang que la pusiera a cargar. Tomó la avenida del Emperador Yunghuije. Lo bueno de trabajar hasta tan tarde era que a esa hora no había tráfico. Llegó por fin a su apartamento a la una de la noche. Podría dormir casi seis horas.

Al dejar el bolso encima de la mesa, reparó en los folios con los análisis. Hayun decidió echarles un vistazo. Estaba tan cansada que al principio no advirtió el asterisco. Tuvo que sentarse en el sillón. No, no podía ocurrirle esto a ella. Hacía ejercicio, comía sano, se cuidaba. Decidió echarse una copa. La necesitaba.

¡Maldita sea! Si no hubiera estado tan volcada en su trabajo. ¿Cuántas veces había ido al gimnasio en el último mes? ¿Y a yoga? Ni lo recordaba. Allí en un rincón estaba la mochila. La había preparado… ¿cuándo? Ese maldito Wonsang: cada vez que le pedía que le trajera algo, venía con comida basura. Ella iba notando que los vestidos le quedaban pequeños y no hacía nada. Nada.

Hayun se sirvió otra copa. Quizá fuera una alarmista. Después de todo, sólo se pasaba por poco. La verdad, nunca le había preocupado la Ley de Salud Pública cuando fue aprobada en la Asamblea Nacional. Había oído rumores de que los enfermos eran llevados a la isla de Ga y abandonados a su suerte. Se puso a guglear. Todo le que leyó le parecieron exageraciones. Hayun suponía que sería sometida a severos controles médicos. En unas semanas estaría bien. Lo malo era el trabajo en el bufete. ¿La despedirían? ¿Conseguiría esa furcia de Minha colocar a otro de sus sobrinos? No, no. Hayun no lo permitiría.

Trató de quedarse dormida, pero no lo consiguió.

Hacía poco que había cumplido 44 años y seguía soltera. Veinte años atrás se imaginaba a sí misma casada con un inversor, viviendo en una casa cerca de la costa, con dos hijos matriculados en un buen colegio. Había tantos chicos que le habían pedido salir: Jongseok, Siwon,  Jungi… Pero eran bruscos y groseros, gritones, no parecía que les preocupara tener un buen trabajo, sólo estaban interesados en el fútbol o en el béisbol. ¡Cuántas oportunidades perdidas!

Miró el reloj. Eran las seis de la mañana. Tenía que prepararse. Fue a la ducha y se quedó durante un montón de tiempo debajo del agua. Por un día, se tomó el desayuno despacio, saboreándolo. Apuntó a la asistenta que faltaban kiwis. Ya que Yujin iría a la frutería, le pidió que comprara también verduras: Hayun tenía que comer sano.

Después de ponerse su mejor vestido, bajó al aparcamiento. La batería del coche estaba descargada. ¡Maldito…! Trató de tranquilizarse. Iría al hospital en metro. Ya se ocuparía de Wonsang más adelante.

Bajó al subterráneo y trató de orientarse. Tendría que coger las líneas 5 y 16. El hospital estaba en las afueras.

Cuánta gente viajaba en metro. Al principio no consiguió un asiento, pero pronto el vagón comenzó a despejarse. Envió un mensaje a la señora I, la encargada de personal. Le dijo que esa mañana se encontraba mal y que había tenido que ir al consultorio médico. Le indicó que el expediente Ung estaba sobre su mesa, casi terminado; Gim atendería al cliente si venía a interesarse. Wonsang podía aprovechar para archivar asuntos resueltos.

La parada estaba justo en la puerta del hospital. Un gran autobús estaba aparcado allí.

—¡Alto, señora! —le dijo con brusquedad una policía—. ¡Apártese!

Hayun se echó hacia atrás. Un grupo de personas miraba a enfermos que, en pijama, entraba en el autobús.

—¡Qué triste! Se los llevan a la isla de Ga —dijo una mujer.

Todavía con la impresión, Hayun entró en el hospital. En recepción le preguntaron qué quería.

—Ayer recibí unos análisis y…

—A ver, dame —le dijo la enfermera con brusquedad.

Hayun le tendió el papel. La sanitaria lo leyó.

—Pero esto es gravísimo. Tienes el colesterol a 224.

La enfermera levantó la vista y miró a Yu Hayun, que no vio esperanza.


Plácido Romero vive en Jaén (España) y trabaja para la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía. Ha ganado el VIII Premio de Relatos Entrelibros 2005, el XVI Premio para Escritores Noveles de la Diputación Provincial de Jaén 2006, el IV Certamen de Microrrelatos La Risa de Bilbao (2013), el IV Concurso de Microrrelatos La Calle de Todos (2014) y el II Concurso Ávila Me Mata (2015). Ha publicado relatos en los periódicos Ideal y La Razón. Algunos cuentos suyos han sido leídos en los programas La Rosa de los Vientos de Onda Cero, Wonderland de Ràdio 4, El Público de Canal Sur, Érase otra vez de Aragón Radio y La Ventana de la SER. Publica asiduamente microcuentos y microrrelatos en su blog: placidario.blogspot.com

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