Alegato final

Orell Josué Ordóñez Pérez

Mención en el 3° Certamen Supraversum de Relatos de Fantasía y Ciencia Ficción


Su majestad, gracias por concederme la palabra. Con el debido respeto permítame exponer mi caso y, de esta manera, se deje de acusarme de falsedades. La fiscalía argumenta que cometí una falta grave según el reglamento interno del reino. Como habrá escuchado, me acusan de haber asesinado a otro espectro. A pesar de eso, no tuve más remedio que destruir a esa cosa. Y digo “destruir” porque esa es la palabra justa; no “asesinar”. En cuanto a los supervisores que observaron desde el otro lado un supuesto asesinato, voy a explicar lo que realmente sucedió.

Como verá, en mi vida pasada sufrí bastante. Todo me parecía sin sentido y nada valía la pena. Me veía al espejo y sentía desprecio por mí mismo y toda la humanidad. Pronto me di cuenta de que el entretenimiento banal que promueven los vivos es un delirio provocado por el hastío y por eso llegué a un punto de quebrantamiento del cual no encontré escapatoria. Como no pude resistir la presión de estar vivo, me suicidé el 20 de enero de 1995 el revólver de mi padre. Ojalá pudiera decir que fue una muerte rápida. Sin embargo, el arma estaba defectuosa, por eso la bala no alcanzó mi cerebro; más bien quedó alojada en mi garganta y, mientras permanecía consciente del dolor, volví a jalar el gatillo y ese segundo balazo fue el que me mandó al otro mundo. Al llegar a las oficinas su secretario me atendió amablemente y me explicó las reglas de convivencia en el mundo de los muertos. Después de todo el papeleo me asignó una casa donde debía realizar labores fantasmales. Me dijo que se trataba de la Quinta Angélica, lugar de sacrificios y pactos con su majestad. Pensé en las veces que había pasado por esa zona con mis padres en auto y, nunca me imaginé que ese sería mi lugar de trabajo.

Luego me enviaron por el túnel de la desolación hacia la vida terrenal. En mi primera noche en la Quinta Angélica no ocurrió nada extraño. Supuse que iba a encontrarme con sujetos curiosos a los que podría aterrorizar con mis voces guturales. Mientras investigaba el lugar escuché la voz de lo que al parecer era otro fantasma. En efecto, se trataba de otro fantasma, pero estaba afuera de la casa hablándole al viento o eso es lo que parecía. Me acerqué y le toqué el hombro. El tipo se dio la vuelta y se puso de pie. Al ver su rostro me sorprendí porque era un reflejo de mí mismo. La misma estatura, peinado y, hasta las orejas.

El tipo extendió su mano para saludarme y se presentó como Iván Pereira. En ese momento no sabía qué pensar o cómo reaccionar. Como habrá visto en los expedientes, mi nombre también es Iván Pereira, así que esa cosa se trataba de mi tocayo. Aguardé unos segundos antes de extenderle la mano y, cuando por fin me decidí, dije mi nombre. Se mostró confundido y ladeó la cabeza como un perro. Mientras daba vuelta a mi alrededor para fijarse en todos los detalles, se aproximó un auto justo frente a la Quinta. Las luces me dieron en los ojos y lo primero que hice fue explotar uno de los focos delanteros del auto. No había acompañantes, se trataba de una persona. El conductor se bajó del auto a ver la avería y, mientras el caminaba, mi tocayo cerró bruscamente la puerta del auto. Por fin, algo de diversión. El sujeto abrió la puerta y, arrancó a toda velocidad marchándose de la Quinta.

Todo iba a la perfección. Aterrorizábamos a los torpes visitadores de la Quinta y acompañábamos los ritos que se practicaban dentro de la casa. Pero una vez, mientras conversábamos sobre nuestras vidas pasadas —que tenían muchas similitudes—, mi tocayo me contó cómo se había suicidado. Lo que me contó me parecía muy familiar y luego se me revolvió el estómago al escuchar su historia completa, porque era igual a la mía. Es decir, sus padres tenían los mismos nombres que los míos, la misma casa e incluso el perro. Pasé días pensando qué debía hacer y extraje de mi bolsillo el Manual de las ánimas. Leí durante semanas hasta que encontré en el capítulo VI lo que precisamente buscaba, “Formas de extinguir un espíritu en caso de descompensación inmaterial”, que indica en el apartado segundo, párrafo tercero, que “la única forma de volver fantasma al fantasma es destruyendo su centro”. Como mi tocayo era un defecto de la naturaleza decidí acabar con él arrancándole el centro de su cuerpo fantasmal. Así fue como destruí a mi tocayo o a esa cosa. Su majestad, mi tocayo era un doble perfecto, una fragmentación de mi alma y, por lo tanto, una total aberración. No sé por qué apareció en el mismo lugar de mis labores, pero para descartar cualquier error del universo acabé de una sola vez con su existencia. No he cometido ningún delito porque el reglamento dice que “quien extermine a un espíritu sin razones deberá sufrir el mismo destino”. Mis razones son objetivas, no podemos permitir que un adefesio coexista entre nosotros; ya tenemos suficiente con nuestra segunda vida en este mundo.

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