Ani no monta a caballo

Aitziber Conesa Madinabeitia


La primera vez que Ani se cayó en un pozo tenía siete años, el cabello oscuro y era demasiado traviesa para su propio bien.

No quería caerse al pozo. Se había enfadado con su tía, que siempre la regañaba y le decía que no había manera de hacer de ella una muchacha decente, y había salido corriendo hacia el campo. No se dio cuenta de que había un pozo hasta que el suelo desapareció bajo sus pies.

Ella no lo sabía, pero corría el año 542. Tampoco supo hasta mucho más tarde que la Peste de Justiniano estaba a punto de arrasar su tierra.

Las paredes eran oscuras y húmedas, aunque el pozo estaba excavado en tierra amarilla. El cielo recortado sobre su cabeza era diminuto y blanco. Debió tener miedo, ahora lo sabe. Pero no lo tuvo.

Palpó la pared con una mano, buscando unas escaleras que sabía que no estaban ahí. Caminó en círculos un minuto más, tal vez dos, porque en el fondo de su ser pensaba que era lo que debía hacer: chapotear un poco en el agua enlodada hasta que quedase claro que no podría salir por sus propios medios. La tierra de los muros se desprendía al tocarla, tiñendo su piel de un ocre malsano. Miró hacia el pequeño círculo de cielo sobre ella, una vez más.
No gritó. Sabía que nadie la oiría. Había querido huir, y lo había conseguido. El precio parecía ser la muerte.

Ani era traviesa, sí. También inconformista. Pero no era tonta y sabía perfectamente cuándo algo estaba fuera de su alcance. En aquel momento, sabía que sólo le quedaba esperar. Se sentó e intentó relajarse. El nivel del agua le llegaba al pecho. Una parte de su ser rogaba porque el frio y la noche se la llevaran antes de que llegara el hambre o se hinchase como un pescado podrido.

Se entretuvo mirando su reflejo en el agua. Si ponía atención, la luz y las ondulaciones que provocaba su propia respiración hacían que la niña que le devolvía la mirada fuese cambiando poco a poco. El cabello se hizo más largo, para volverse a acortar después. Flotaba alrededor de la carita de la Ani acuática, que tenía un matiz azul que la piel de la verdadera Ani nunca tuvo, como si estuviera hecha de sombras furtivas. Aquella otra Ani sonreía y, por un momento, la niña teñida de tierra amarilla dudó de si la sonrisa era suya. Parecía demasiado alegre.

Era incómodo pensar en que había dos niñas en aquel agujero en la tierra. Movió su mano para romper la imagen en el agua. Sus dedos tocaron otros dedos. Fue la primera vez que sintió miedo. Miedo de verdad, del que te deja vacía y te hace volcarte en lo divino en busca de un abrazo protector. Aun así, no gritó.

La otra Ani seguía sonriendo, mientras entrelazaba los dedos azules con los amarillos. Su pelo chorreaba agua oscura.

—No llores —le dijo. En ese momento Ani se dio cuenta de que la humedad en su rostro eran lágrimas—. Podemos seguir jugando, tú y yo. Hasta el fin de los tiempos.

La segunda vez que Ani cayó en un pozo tenía el cabello negro recogido en un moño, los ojos rasgados y su comida favorita era el narezushi. Era casi una mujer de doce años.

Aquella vez también fue un accidente. El pozo era recto y profundo. Tenía mucha agua y pronto tendría un gran shimenawa a su alrededor para proteger al pueblo del espíritu vengativo de la mujer ahogada. Al fin y al cabo, Ani cayó en el pozo y poco después el sarampión asoló la zona.

Ani se cansó de mantenerse a flote muy pronto. Supo que moriría, y pidió ayuda a los espíritus del bosque. Rogó por la misericordia de una muerte rápida, por no volver como fantasma.

Entonces recordó. Recordó a la Ani que había sido, la niña morena que vivió muy lejos hacía mucho. Recordó a la otra Ani: la azul, la sombra en el fondo del pozo.

Cerró los ojos y la llamó. Lo hizo porque no quería morir.

—No importa lo mayor que seas —dijo una Ani igual a ella pero hecha de la oscuridad agazapada en el fondo de las aguas—, podemos seguir jugando siempre que quieras.

Ani cayó en un pozo por tercera vez en un pozo en el año 1347. Esta vez no fue un accidente.

Entonces era pálida como la espuma de mar;  su pelo era largo y dorado como el pan recién hecho. Tenía quince años y no quería casarse.

La joven llevaba toda la vida soñando con el pozo. La boca negra hacia las entrañas de la tierra le atraía, y sentía que su verdadero yo estaba allí abajo, atrapado, esperándola. En sus sueños ella podía reunirse consigo misma, pero el precio era que la sombra de la muerte se posaría sobre su mundo.

Un día se acercó al pozo. Era alto, hecho de piedras hasta más arriba de la cintura. Se asomó con cuidado y decidió que su final estaba allí, aunque tuviera que acercar una roca a la que encaramarse. Su otro yo hecho de noche la recibió con los brazos abiertos.

—Es más divertido jugar contigo si conoces las normas —le susurró, y le explicó qué ocurriría a continuación; cómo la peste negra barrería europa.

Ani tiene la piel oscura, el pelo rizado y es una adulta triste. En otros tiempos habría criado muchos hijos, o habría muerto. Hoy, ha viajado y ha tenido gatos y amantes.

Le ha costado mucho encontrar un pozo. Las cañerías han hecho la vida un poco más fácil, pero seguir huyendo un poco más difícil.

Se sienta en el borde del pozo y descuelga los pies hacia el interior, pensando.

Ha muerto muchas veces y tenido muchas vidas. No tiene miedo, tampoco está aburrida, pero se plantea si lo que hace es moral.

—¿No vienes a jugar? —dice la Ani del agua, sentada a su lado.
—¿Qué será esta vez?

—Creo que gripe. ¿Te importa?

—En realidad no. — Se lanza al pozo. Hace mucho que ya no cae por accidente, pero el resultado no cambia. Peste, y muerte.

Algunos días, Ani se pregunta si ella es en realidad aquel jinete del libro del apocalipsis. Pero no lo cree, porque nunca ha montado a caballo.


Aitziber Conesa (Pamplona, 1984) es una lectora entusiasta y escritora novel de fantasía, ciencia ficción y terror. Aficionada a la poesía, así como a la historia de las religiones, su obra está marcada por un fuerte componente mítico. Ha publicado relatos en varias revistas y antologías tanto digitales como en papel. En la actualidad está trabajando en su primera novela.

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