Avión (o verdadero OVNI)

Jeanette Realpe Castillo

Mención en el 3° Certamen Supraversum de Relatos de Fantasía y Ciencia Ficción


No debiste leer esa revista, Lo Inexplicable. Ahora no puedes pensar en otra cosa. Mirarás al cielo, ya no con extrañamiento, sino con sospecha. Se acabó una era, la de la inocencia, de la mano de una publicación sobre fenómenos paranormales. Vaya forma de perder la virtud. Ahora, cuando veas al cielo, te preguntarás si son o no, de verdad, estrellas errantes. Así las llamábamos, ¿te acuerdas? Antes de saber que podían tratarse de a) globos aerostáticos; b) satélites artificiales; o c) verdaderos OVNIS. Para nosotros, siempre fue lo tercero, reina. No podían ser aviones, a esos aparatos de tan poca sofisticación es sencillo detectarlos: luces intermitentes, estela de sonido áspero e inconfundible. No, lo nuestro, nuestro pequeño secreto, era mirar esos luceros de brillo ordinario desplazarse a velocidad constante en direcciones paralelas o perpendiculares entre sí. Llegamos incluso a apostar que, en algún momento, y si la inteligencia que las controlaba no era tan lista como imaginábamos, llegarían a colisionar, y entonces, y solo entonces, el mundo podría, por fin, participar de nuestro descubrimiento. Nunca lo hicieron, en los quince años que duró nuestra aventura de contemplación.

Observamos juntos el firmamento, recostados en el césped, en dos hamacas a orillas del lago San Pablo; o en la navidad de 1986, cuando tu hermana y tu prima se burlaron de ti, y te hicieron creer que habían visto al cometa Halley, pero no les creíste. Tú, la experta en avistamientos, no serías derrotada en tu propio ring. Tan sólo fingiste la capitulación y, acto seguido, supiste distinguir las estrellas errantes de las luces navideñas que adornaban, en formas aleatorias, las casas vecinas. Y aquella noche en el jardín de la abuela, en la que viste aquel avión (o verdadero OVNI) atravesar la luna y Venus como una pincelada, te dio por halar la basta del pantalón de tu padre para que, por una vez, mirara al cielo y no hacia abajo, como era su costumbre. Recibiste de él una caricia en la cabeza, máxima demostración de afecto que conseguirías de su persona; y valió la pena, aunque haya ignorado, por completo, tu advertencia. Y no importó que a tu padre le apasionara el tema; hasta había comprado el Proyecto Libro Azul, que jamás leíste porque la portada no tenía dibujitos. No te hizo caso.

¿Te acuerdas de aquella vez, hace veinte años? Yo había jurado protegerte. Era de noche y no querías regresar, sola, a casa. Cumplí mi promesa y, cuando esperábamos el autobús, vimos el cielo, juntos, por última vez. Cinco satélites artificiales, globos aerostáticos, o verdaderos OVNIS, se entrecruzaron entre sí como si careciesen de materia. En realidad, quizás, los separaba la distancia, pero a nuestros ojos, quisimos que el planeta entero se diera cuenta de que, ahí arriba, existían estrellas errantes que paseaban, en movimiento rectilíneo uniforme, a través de un orbe cada vez más ajeno a nuestra vista, cansada ya por tantas horas de mirar al frente y nada más.

Fue la última vez que te vi; cuando, en medio de nuestro avistamiento, percibiste que la trayectoria de uno de nuestros astros se había desviado, de forma impredecible, a cuarenta o cuarenta y cinco grados (no fuiste explícita), para detenerse, por el lapso de algunos segundos, y salir disparado, después, tras dejar una ráfaga iridiscente que perdió luminiscencia al cabo de instantes. Señalaste en dirección al verdadero OVNI (esta vez no había duda), mientras yo fingí lo más que pude, como había hecho durante quince años, que lo veía. Aquella noche me pusiste a prueba; sospechaste de mí todo este tiempo. Y yo, en silencio, había compartido contigo la misma suspicacia. Uno de los dos —o ambos— faltaba a la verdad. La miopía que me ha aquejado desde siempre (para qué mentir a estas alturas) daba por sentado que yo era uno de los farsantes; pero te juro, querida, que lo hice por los dos, para que no te sintieras sola. Y, respóndeme, ¿es cierto que existen las estrellas errantes?, ¿que se desplazan a velocidad constante? ¿es verdad que aquella luz se desvió, detuvo y huyó de tu vista, como si se supiese descubierta? Dime, necesito que lo digas, que tú las ves y que no mientes para atraer de tu padre, ya no una caricia sino su atención. Y que, no importa lo que diga Lo Inexplicable, lo que hayas visto, lo que vimos o lo que fingimos ver, serán para ti, para los dos, ya no aviones, ni satélites ni globos, sino por siempre, verdaderos OVNIS.

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