El horror blanco

Francisco José Segovia Ramos

Segundo premio en el Primer Certamen Supraversum de Relatos de Fantasía y Ciencia Ficción


Cuentan las crónicas recogidas en antiguos manuscritos resguardados en la gran biblioteca de Uzuldaroum, que hace mucho tiempo, más del que podríamos contar jamás, el norte de Hiperbórea no era un páramo de hielo y frío, inhabitable y mortal, y se asemejaba en mucho al resto del continente.

La región de Polarion tenía muchas y esplendentes ciudades que comerciaban con las ciudades hermanas del otro lado de las montañas septentrionales, y sus caravanas de dromedarios cargados con preciados objetos y especias, cruzaban los desfiladeros entre altos y escarpados riscos para recorrer las planicies donde antes se erguían orgullosas las ciudades de Cerngoth y Mhu Thulan, ahora cubiertas por los glaciares y perdidas para los ojos humanos.

Nadie conoce los nombres de esas ciudades del norte, devoradas eones atrás por las nieves, inmisericordes y frías como la mano de la muerte.

Sin embargo, esas mismas crónicas hablan de un hombre que viajó hasta más allá de esas inhóspitas montañas, henchido de orgullo y de avaricia, deseoso de encontrar para sí las riquezas ocultas en los palacios enterrados bajo el hielo.

Marchó con un nutrido grupo de hombres curtidos y valerosos, y también crueles y avariciosos como él. Abandonaron sus ciudades natales, sus hogares, sus puestos en los ejércitos de Hiperbórea, y se unieron a Jarin Nvorod en su búsqueda de la gloria y el oro.

Jarin Nvorod narró la historia de su penosa expedición cuando regresó, meses después, solo y al borde la muerte. La escribió sobre piel de mamut del páramo, con mano aún temblorosa y ojos cargados de miedo. Mojó su pluma en la savia de palma de suvana, y con su tinta violeta narró qué fue lo que sucedió con su malhadada expedición. O, al menos, lo intentó, porque las más de sus palabras son un cúmulo de incertidumbres, intuiciones y vislumbres de cosas sin nombre y horrores indefinidos.

Cuando terminó, expiró con un grito de horror que resonó en toda la casa y espantó a los pocos que le atendían en sus postreras horas.

Ese manuscrito se perdió, como tantas cosas que el ser humano pergeña, construye o fabula, pero la leyenda de lo que aconteció a él y sus hombres corre todavía de boca en boca entre las gentes de Hiperbórea, y asusta a las viejas y a los niños, que lloran asustados y se recogen al calor de las encendidas hogueras.

Y es que el horror se halla en Polarion.

Hace varias décadas, cuando aún podían recorrerse las frías tierras al sur de los montes septentrionales, el rey Haalor, junto a su mago Ommum-Vog y un pequeño ejército marcharon al norte para luchar con el hielo polar. Se rieron del miedo y las leyendas ominosas, y proclamaron que volverían enriquecidos con los tesoros de las ciudades desaparecidas del norte. Solo unos pocos regresaron de la funesta expedición, y contaron a los habitantes de la bella Iqqua el terrible final de su rey y sus compañeros. Todos muertos a manos del horror que recorre las planicies y colinas de Polarion.

El frío de la muerte es terrible, sí, pero solo es un fuego encendido en la noche al lado del que exhala el dios del norte. Nadie que haya sentido su contacto ha sobrevivido, y solo los que lo han observado en la distancia han tenido la oportunidad de contarlo después ante sus aterrorizados conciudadanos.

Pero las palabras de los hombres no son suficientes para describir al ente que habita en los desolados y gélidos páramos que se extienden a ambos lados de los montes septentrionales. El horror no tiene forma. Se agarra al alma y la destroza, y termina alojándose en los ojos del que lo sufre. Y es en ellos donde, si se mira bien, se contempla al monstruo que avanza hacia el sur de Hiperbórea, poco a poco, frío invierno tras frío invierno, mustiando los palmerales y bosques de helechos a su paso, y matando a los búfalos de grandes crines, a los mamut de colmillos de marfil de retorcidas formas, y a los dinosaurios de escamosa piel y voraz apetito. Poco a poco, el horror de Polarion devora tierras fértiles, cubre las ciudades abandonadas a su suerte, y amenaza con cubrir al continente entero con un manto blanco y carente de vida.

¿Qué es ese horror? ¿Dónde se encuentra? ¿Cuál es su siniestro propósito? Nadie puede decirlo. Ni siquiera esas antiguas crónicas, escritas por desaparecidos escribas, lo representan con certeza. Incluso el propio Jarin Nvorod fue incapaz de describirlo, y solo pudo esbozar unos rasgos informes y desvaídos, como estaba su mente en los últimos días de su existencia.

El horror de Polarion, ese que avanza con paso firme e irrefrenable hacia nuestras indefensas ciudades, está más allá de la comprensión de magos, hechiceras o alquimistas. Su cuerpo es el del propio hielo que quema la piel y se entremete en los huesos hasta hacerlos quebradizos. Sus manos y pies no son férreas garras que abran los vientres y evisceren a los desgraciados que caigan en ellas. Su rostro carece de ojos, de orejas, de boca, porque es el propio viento gélido, la propia faz hedionda de la tierra, que abre sus entrañas para tragar ciudades enteras. Está en todos lados y en ninguna parte a la vez.

Es el horror del hielo.

Los que escribieron esas crónicas ya advirtieron de que los hielos que se acumulaban en la parte más norteña de Hiperbórea, en las islas del mar Boreal cercanas a la costa, no eran sino el preludio de una invasión, el primer reino conquistado por el monstruo. Después, llegaron los fríos a la punta norte, y luego recorrieron, como lenguas heladas, los bosques primigenios y los convirtieron en carámbanos verdes que se quebraron cuando el peso de la nieve los hundió bajo ella.

Nadie los creyó entonces. Nadie dio pábulo a las noticias del desgraciado Jarin Nvorod, y nadie cree ahora que ese frío glaciar avance mucho más y todos confían en que, en breve, cualquier verano de altas temperaturas y glorioso sol, el hielo retrocederá y desaparecerá como si nunca hubiese existido.

¡Ah, incautos! ¡Niegan la evidencia! Ufanos, refugiados en sus solemnes ciudades, dirigidos por reyes mediocres que ya solo se alzan por encima de sus súbditos merced a la herencia y no a los méritos, no ven que el mal los amenaza, que la muerte en forma de frío llegará más pronto que tarde, y que Hiperbórea entera morirá como lo hacen ahora las bestias que tienen la osadía de introducirse en los territorios dominados por el monstruo sin forma.

El sol, nuestro astro protector, bajo el que incluso los propios dioses encuentran cobijo, cada año está más bajo en el horizonte. Los días clarean más tarde, las noches llegan antes. Poco a poco, casi a la par que el hielo y el frío avanzan y usurpan nuevos territorios. Las flores germinan cada vez más despacio, las bestias hallan menos pastos y en los mares los navíos encuentran cada vez más dificultades en esquivar los enormes bloques de hielo que llegan desde el norte. Enviados por el horror como heraldos terribles de su omnímodo poder.

Es el horror del norte. El horror inimaginable. El horror blanco.

Pero lo ignoramos, conscientes de que darle un aspecto con el que describirlo nos llevaría a la locura. Mejor mirar hacia otro lado; hacia el sur de Hiperbórea, donde todavía sus mujeres y hombres pueden ufanarse en tomar el sol bajo los palmerales siempre verdes, y llevar a sus ganados a pastar la verde y fresca hierba de los deltas de sus ríos.

Más el tiempo de la felicidad se acabará. Las ciudades desaparecerán y todo será mero pasado escrito en pergaminos deteriorados y olvidados bajo la nieve eterna que cubrirá, como un manto de macabra blancura, la antaño gloriosa civilización de Hiperbórea.

Y, entonces, en el último día de un sol moribundo en el horizonte, habrá triunfado el horror venido del norte.

Será el reino eterno, frío y oscuro del horror blanco.

Pero nadie estará allí para contemplarlo.


Francisco José Segovia Ramos (1962, Granada, España)

Escritor que se mueve entre el relato corto, la novela y la poesía, y que abarca géneros como la ciencia ficción, el terror, la fantasía o la historia. Es también asiduo colaborador en diferentes revistas digitales, como Teoría Ómicron, Minatura o Supraversum, con artículos, relatos, reseñas y entrevistas.

Ha participado en diferentes ferias del libro, donde ha firmado ejemplares de sus libros, y también ha estado en la Semana Gótica de Madrid en varias de sus ediciones.

Hasta la fecha ha visto publicadas varias novelas, libros de relatos y un poemario, además de participar en numerosas antologías con otros autores.

Entre sus obras editadas más recientes destacan “Los círculos del Infierno” (Novela, 2019), “Donde yace el olvido” (Novela, 2017), “El hombre tras el monstruo” (Novela, 2017) y “Recital de difuntos” (Poemario, 2019).

Actualmente trabaja en el manuscrito de lo que será su próxima publicación, un libro de relatos de terror.

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