El ídolo

Sebastián Goodburn Núñez

Mención en el 3° Certamen Supraversum de Relatos de Fantasía y Ciencia Ficción


Salomón da un paso más y su pie se vuelve a hundir hasta la rodilla en el espeso fango que cubre el suelo de la selva. Con un esfuerzo y un ruido de succión, el explorador logra sacar la bota. Detiene su marcha, escupe al suelo y maldice. La maldición que sale de sus labios, rodeados de barba larga, no muy tupida y descuidada, no es fuerte, es apenas un murmullo; un murmullo cargado de odio y de frustración. Salomón odia la selva, odia el hambre que lo agobia sin pausa, odia los mosquitos y el calor, odia la ingenuidad que lo llevó a creer en historias de tesoros perdidos y a aceptar la estúpida propuesta de Ferreiro de remontar el río Putumayo durante tres días para luego seguir a pie hasta un lugar marcado en un antiguo y prácticamente ilegible mapa; mapa supuestamente perteneciente a algún conquistador español.    

Gruesas gotas de sudor brotan del demacrado rostro de Salomón. En los primeros días de caminata, sus manos no habían parado de moverse en un vano intento por alejar a los insectos y secar el sudor de su rostro, luego el cansancio, la humedad y el calor fueron haciéndose notar y ahora sus brazos, cubiertos de raspones y erosionados por rojizas picaduras de insectos, no hacen ni el más mínimo esfuerzo por moverse y llevar la pañoleta que cuelga de uno de los bolsillos del húmedo, rasgado y embarrado pantalón del explorador a su rostro para secarlo. “Debería dejarlo todo, dar media vuelta y dejar que Ferreiro y Joaquín hagan lo que quieran, que se repartan su parte del maldito tesoro. O mejor aún, que mueran con las manos vacías en aquel infierno verde”, piensa, pero tomar semejante decisión después de diecisiete interminables jornadas de caminata selvática, no es fácil.

Al volver a concentrarse, Salomón ve que ha perdido de vista a sus dos compañeros. Días atrás, verse solo, separado de sus acompañantes en medio de la densa vegetación, lo habría asustado. Ahora sólo sigue andando como un autómata hacia el nororiente, ignorando las ramas que se estrellan contra su rostro.

Reflexiona con algo más de lucidez y se da cuenta de que los pensamientos sobre abandonar la expedición son ridículos. En su estado actual y sin la ayuda de Ferreiro, cuya profunda convicción de que el tesoro es real le brinda fuerzas envidiables, no sobreviviría lo suficiente como para volver al río. Ni hablar de llegar a Puerto Asís con vida.

La poca luz que logra filtrarse por entre las incontables capas de hojas llega de manera fragmentaria, ilumina todo de modo parcial e irregular. La selva no es más que un holograma viviente, un líquido espeso compuesto por mil tonos de marrón y verde que se mezclan, se hacen difusos, impiden adivinar las distancias, envuelven todo y vuelven al explorador absolutamente dependiente de su brújula. Una docena más de difíciles pasos entre el barro y Salomón se estrella contra la espalda de Joaquín que no reacciona, sigue totalmente inmóvil mirando al frente. Salomón lo maldice y se dispone a avanzar delante de él, cuando ve lo que Joaquín está mirando: una enorme boca de piedra cubierta de musgo y enredaderas, la entrada a una cueva. O a un templo. Un soplo frío sale de la negrura. “¿Carga acaso ese aire lejanos rumores de tambores y voces susurradas?” Salomón sacude la cabeza. No, no es más que el sonido del viento deslizándose por las profundidades.    

Ferreiro ya ha quitado con su machete algunas de las lianas que cubren la roca de la entrada a la cueva y compara, sus ojos desorbitados saltando del desgastado trozo de cuero a la piedra, los símbolos tallados en la entrada de la cueva con los dibujados en tinta roja oscura en el mapa. Sus miembros, extremadamente delgados y morenos, se sacuden por la emoción.

Salomón, tras pasar al lado del todavía pasmado e inmóvil Joaquín, mira por encima del hombro de Ferreiro y siente que la vida le vuelve al cuerpo, ¡los símbolos coinciden! Es suficiente para motivarlo a dar un paso hacía en interior de la cueva, hacia el tesoro. El segundo paso es imposible ya que el brazo de Joaquín lo sujeta firmemente del hombro; la cara lampiña y calva del explorador hacen que su expresión de miedo sea más notoria. Balbucea a toda velocidad una cantidad de advertencias sobre lo que pudo haberles ocurrido a los españoles que intentaron encontrar ese tesoro hace ya varios siglos; sobre las posibles trampas y maldiciones indígenas, sobre la necesidad de un plan… “¡¿Plan?! Lo que necesitan es oro; ¡oro e irse lo más pronto posible de ese maldito infierno verde, de vuelta a Bucaramanga o a cualquier lugar civilizado!”  

Mientras Ferreiro mira la escena con ojos enormes, llenos de curiosidad, llenos de conocimiento oculto, Salomón aparta con brusquedad el brazo de Joaquín, da un paso más y resbala. La entrada de la cueva parece devorarlo. Se desliza en la oscuridad más absoluta intentando en vano aferrarse al aceitoso musgo que lo cubre todo. De repente se estrella con fuerza contra un suelo duro, húmedo y muy frío. Pasan unos instantes antes de que Salomón logre reunir la voluntad para ponerse de rodillas y levantar la mirada. Primero no ve nada, pero poco a poco la oscuridad se aparta y un brillo azulado que emana de un lugar todavía desconocido para el golpeado explorador ilumina levemente la pequeña galería. El aliento de Salomón sale en bocanadas blancas y cada vez que estas se disipan, puede ver atisbos de su entorno. Los enormes bloques de piedra que componen tanto las paredes como el techo están grabados con representaciones de animales y aparentes palabras en un alfabeto que Salomón intuye más antiguo que la llegada de los primeros europeos al continente. Cuando sus ojos se han adaptado a la tenue luz, se revelan las calaveras humanas; al menos diez de ellas, ubicadas de a dos en dos a intervalos regulares sobre el suelo. Las calaveras terminan en la base de un promontorio compuesto por bloques de piedra de forma poliédrica, amontonados de manera que los ángulos no coinciden. La extraña disposición crea un altar lleno de puntas. Y sobre el altar, un ídolo; la fuente de la tenue luz azulada y, sin duda, el custodio de increíbles tesoros.  

Salomón mira con detenimiento la extraña estatuilla antropomorfa; un simio bestial de enormes ojos, hecho más extraño por sus innegables rasgos anfibios. Una sonrisa se dibuja en el rostro del explorador. “¿Y si se lo quedara para él solo? ¿Si no compartiera el tesoro con sus compañeros? ¿Si matara a Ferreiro y a Joaquín? ¿Si los ofreciera como sacrificio e hiciera caso a la voz que susurra en su cabeza?”. Inmóvil, el ídolo intensifica el brillo azulado. Aprueba su nuevo súbdito. Las manos de Salomón tiemblan. Ansía el antiquísimo poder que le prometen. Liberar al dios de la cueva es un precio mínimo.

La larga hoja del cuchillo de Salomón no hace ningún ruido al salir de la funda y despide un destello cuando refleja la luz azulada del recinto del ídolo.

—¡Ferreiro, Joaquín! ¡Bajen, encontré algo!

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