El octavo a medias

Julia Viqueira Valero

Mención en el 4º Certamen Supraversum de Relatos de Fantasía y Ciencia Ficción


Nadie daba un duro por él. Si os soy sincera, yo tampoco. Fumaba siete cigarros al día, ni uno más y ni uno menos. Aunque a veces eran ocho los que abandonaban la cajetilla, en estas ocasiones colocaba uno entre mis labios y me observaba unos segundos antes de encenderlo. Este octavo siempre iba a medias. Cuando me tocaba cocinar tenía la manía de sisear alguna canción que habíamos escuchado horas antes. Su sonrisa era sencilla, pero podía destrozarte los esquemas y echar abajo tus planes en apenas un segundo. Se encargaba de traer el calor a casa.

En ocasiones hacía oscilar la llama de su mechero entre nosotros, obligándome a soplarla porque decía que le traía buena suerte. No estoy segura de que fuese cierto. Por lo menos me trae buenos recuerdos. Ahora lo giro entre los dedos, lo enciendo yo misma y lo soplo sola con una media sonrisa. Él espantaba siempre los monstruos del armario, porque cuando creces se mudan y ya no se hospedan bajo tu cama. Se guardan sitio entre los estantes esperando turno para comerte la cabeza.

La llama se refleja en mis pupilas y contengo el impulso de apagarla con los dedos. Ya no hay nada que esperar mirando al reloj, solo un completo vacío cada vez que el minutero se ha movido. Llevo semanas cocinando en silencio y fumando cigarrillos enteros, la casa lleva fría demasiado tiempo. Morfeo ahora me busca después de las tres de la mañana y se niega a dejarme soñar tranquila, su rostro lo que protagoniza mis pesadillas y, aunque pueda ser contradictorio, me abandono a su merced.

Hace meses que no me despierto cuando me levanto, mis movimientos son automáticos y la realidad desplaza al ensoñamiento en diferentes momentos del día. Esta vez, el aire de la calle me golpea mientras ordeno el mostrador, alguien ha entrado en la tienda dejando la puerta abierta de par en par, justo como hacía él. No obstante, cuando levanto la mirada, ni el abrigo es gris ni el pelo es castaño, así que vuelvo a la quietud de mis pensamientos. Todos los recuerdos ordenados, los últimos cuatro años cronológicamente. Un bucle.

Dirijo mis pasos hasta el almacén, donde aprieto un estante hasta que los nudillos pierden el color y las uñas empiezan a sangrarme; aquí estoy, con el universo hecho pedazos delante de mí y con nuestras estrellas esparcidas por el suelo. Nadie daba un duro por él; si os soy sincera, al principio, yo tampoco. Ahora mismo daría cada moneda que gano en este sucio anticuario por volver a tenerle conmigo. La cajetilla me arde en el bolsillo trasero del pantalón y decido sacarla de su escondite mientras miro al detector de humo del techo con media sonrisa, al principio de nuestros tiempos, cuando todavía nos escondíamos, le presentamos batalla y acabó muerto.

Tic, toc. Las rutinas acaban convirtiéndose en un círculo vicioso. Tic, toc. Los círculos viciosos acaban siendo espirales. Me despierto día sí y día también sobre el mismo colchón y cada vez es más incómodo. Repito los mismos pasos: de la cama al baño, del baño a la cocina, de la cocina a la habitación y de la habitación a la puerta. Está claro que hay alguien en casa, aunque no tengo claro si hay alguien bajo mi piel. De camino al trabajo cruzo siempre las mismas calles y mi humor se mantiene plano. Las historias comienzan con un principio, pero lo que te deja marcado casi siempre es el final.

La puerta se abre y el aire frío entra. Coloco un viejo relicario en la vitrina del escaparate y me acerco al mostrador, una señora esbelta sonríe mientras deposita con cuidado una caja de madera sobre el cristal. Es antigua, tallada con motivos florales y con una capa de barniz de hace pocos años que ha arruinado la mayor parte de su valor. La mujer sonríe mientras abre el cierre y levanta la tapa. Escucho muy lejos su voz, tengo los oídos taponados y la mirada fija en el interior del pequeño baúl. Mi cabeza trabaja a toda velocidad. Adam.

El mechero. El mechero. El mechero. El primero que se perdió. El encendedor que desapareció de nuestras vidas hace meses, cuando las cosas comenzaron a ir mal. La señora ladea su cabeza sin apartar los ojos de mí, la sonrisa parece impresa sobre su rostro, como si alguien la hubiese puesto ahí pese a no pertenecer a su expresión. El mechero. El fuego y el humo. Las cartas de tarot. Las facciones de la vieja se transforman, se entremezclan, se emborronan delante de mí. Quiero gritar y de mi garganta no sale nada, tampoco consigo que pase el aire por ella. El mechero. Escucho una carcajada siniestra antes de desmayarme.

Me despierto en un lugar que odio. Que odio percibir como conocido. Las cortinas de colores oscuros me rodean, las diferentes telas de diferentes grosores y diferentes tactos se anteponen las unas a las otras y forman un pasillo casi infinito que desearía no recordar. Sé que la vieja hechicera me espera al final. Sé que me ha traído para que cumpla mi parte del trato, que llevo demasiado tiempo sin compensar mis peticiones.

La gente me había advertido de los engaños de los genios. “No frotes una lámpara antigua pensando en conseguir exactamente lo que quieres”, me decían; así que cuando alguien las traía al anticuario, me aseguraba de ponerme siempre unos guantes para llevarlas al almacén. Nadie había dicho nada de que los tratos con viejas brujas pudieran acabar tan mal. Quizá debería haberlo supuesto, haber sospechado un mínimo.

Las cortinas se me enredan entre los brazos y entre las piernas. Por si no fuera ya suficiente humillante saber que esa mujer ha jugado conmigo tanto como ha querido, ahora tengo que encontrar la salida de este laberinto textil por segunda vez en mi vida. Si la primera ocasión ya no había sido muy agradable, esta es todavía peor. Los recuerdos regresan más vívidos que nunca y me tiran del pelo para llamar mi atención.

Que el corte en la palma de mi mano duele es algo que no puede negarse, pero si eso es lo único que ella necesita a cambio de conseguir que mi madre se aleje del alcoholismo y se acaben las palizas de los fines de semana, no voy a quejarme. Escuece todavía más cuando aprieto el puño sobre el centro de la mesa, donde caen las gotas casi en un pequeño chorro. El pentagrama se ilumina y yo me estremezco intentando no moverme del sitio.

Entonces llega el humo. Toda mi vida rodeada de humo. Da igual de qué tipo. Me engulle y ella desaparece en el aire. Mi garganta se cierra con el sonido de su risa y empiezo a dudar de que haya sido buena idea venir. El humo lo cubre todo hasta que no consigo distinguir nada. Y de repente estoy sentada en el sofá de nuestro pequeño piso y Adam me pregunta si he visto su mechero azul. No, no lo he visto.

—La sangre es un eufemismo, es solo una pizca de todo lo que uno acaba teniendo que sacrificar. —Vuelvo a la realidad y veo que camina en círculos delante de mí, es incluso posible que yo ya haya preguntado algo sin darme cuenta—. Es un elemento. A veces se derrama, pero siempre fluye sin que se lo pidamos. Pasa siempre por el mismo lugar, por el motor que la impulsa. Es el corazón. Y ya has sido testigo de la mejor forma de arrancarte el corazón.

No le debo nada. Ya no le debo nada a esta mujer que me mira con ojos oscuros, solo ha venido a buscarme para regocijarse en sus crueldades. Se aleja entre un manto de humo enrollado en las cortinas. Desaparece. La sangre. El corazón. Adam. Aprieto los puños con fuerza al saber que yo me lo busqué. Algo se me clava en la palma.

El mechero. Las cortinas. El lugar arde. La vieja se quema. Las yemas de mis dedos se derriten. En el bolsillo trasero de mi pantalón encuentro la cajetilla. Intento agarrar un cigarro, que fumar sea lo último que haga. Me tiemblan las manos y el primero se me cae al suelo. No quiero agacharme. El segundo rebota contra la piedra poco después.

El tercero rueda fuera de mi campo de visión.

El cuarto se me escurre entre los dedos.

Consigo ponerme el quinto entre los labios, tardo demasiado en encender el mechero y se cae también.

No me doy cuenta de lo que pasa con el sexto, ni con el séptimo.

Atrapo el octavo a la altura de mis caderas. Por fin encuentro mis reflejos.

Lo enciendo. Me lo llevo a los labios y lo disfruto todo lo que puedo. Voy por la mitad cuando se me prende el pelo. Se me escapa un grito y el cigarro desaparece.

El octavo a medias. Siempre a medias.


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