El papel azul

Ana Francisca Díaz Martínez

Mención en el 2° Certamen Supraversum de Relatos de Fantasía y Ciencia Ficción


Hubo una vez un papel pintado amarillo. Lo sé porque lo he leído. Era un texto corto pero asfixiante que relataba una historia muy parecida a la mía, tanto, que por un momento dudé si acaso aquella era yo y aquel papel era este mismo, transformado de alguna manera, pero igual de terrible en esencia. Después de pensarlo mucho, llegué a la conclusión de que no podía ser el mismo porque aquella mujer tenía visos de haber perdido su sano juicio, mientras que yo todavía me resisto a caer en el pozo de la locura.

 Así sé que no he sido la única. Este papel tiene la extensión de un desierto, también es árido y arenoso. Los trazos que lo recorren de arriba abajo se pierden en el fondo de la mirada, hasta que el papel es una y una es el papel, la pared, lo de más allá. Solo que no hay más allá. Este papel pintado es azul. Rugoso al tacto. Tiene una trama extraña, como de tafetán, pero con un aspecto plástico, artificial. Está decorado con unos motivos adamascados que se repiten una y otra vez, pero con un orden marcial. Hay un protocolo rígido en la colocación de cada una de las grecas doradas, a una distancia precisa e inequívoca. No hay lugar para el error. Uno, otro, otro. 

Miro cada uno de ellos, me tomo mi tiempo para memorizarlos. Son unidades concretas, contenidas en sí mismas, aisladas terriblemente de las demás por un infinito azul. Pero juntas forman un todo del que nunca seré parte, a pesar de que soy como ellas. Están aquí, a un milímetro de distancia. Ahora están aquí mismo, me fundo con la pared, pero sigo lejos de ellas. Amargamente lloro durante horas porque sé que nunca podría encajar en su tapiz exacto. Recorro toda la habitación y hay grietas, hay errores, una cantidad terrible de la que yo misma formo parte. 

Aterrizo en una esquina donde el papel fue cortado sin seguir la reiteración decorativa, generando aberraciones mutiladas que se pierden en la moldura de escayola. Miro ese punto exacto y de pronto se abre, pero no hay nada. La pared más allá es azul y está como deslucida. Según la intensidad de la luz que entra por la ventana, se convierte en verde aguamarina o gris, pero sigue siendo azul. Siempre lo ha sido, siempre lo será. No hay un antes ni un después. Solo un ahora infinito que se extiende y se arrastra con viscosa lentitud o con apabullante rapidez, no estoy segura. No podría estarlo, no consigo contar las horas, no puedo asir el tiempo. 

Tanto el techo como el suelo son tan solo los límites necesarios de lo incontenible del azul. Si no fuera por ellos, se extendería por todas partes y me ahogaría en él. Se pliega sobre sí mismo en una cinta infinita donde no puede concebirse un principio ni un final. Es por eso que a veces me tumbo, abrazando los listones de madera que construyen la horizontalidad de todas las cosas, y apoyo todo mi volumen contra el suelo, intentando abarcar todo lo posible. Me fijo en los pequeños rectángulos que forman espigas intrincadas y dejo que el dibujo de la veta me abarque toda, perdiéndome en las melosas ondas que dibujan. Miro al infinito que se ve interrumpido en los rodapiés y allí está de nuevo.

Entonces miro hacia arriba, escapando la mirada a lo azul que me atrae ineludible y allí arriba está el cielo raso, el otro tope que me indica la dirección correcta. No es blanco ni es gris, es algo entre ambos, algo que se me escapa y me hace dudar, pero palpo la materia bajo mi cuerpo que me confirma que sigo allí y que todo sigue igual, y me siento más tranquila. Nada se interpone en el aire diáfano que hay entre mis ojos y el techo, de forma que ese espacio vacío se me antoja dulce en todo el abanico de posibilidades que ofrece; de pronto me creo capaz de elevarme y flotar entre todas esas partículas que la luz rasante dora y convierte en flamígeras plumas al entrar por la ventana y acuchillar el aire antes de ir a colapsar en la pared opuesta, a ser tragada por el papel azul. Pero miro lo que la vida ha hecho de mí y sé que no podría ser parte de ese paraíso etéreo, que mi materia no es digna ni mi atuendo el adecuado.

Sin embargo, algo parece impulsarme hacia arriba. Sin dar con la causa me elevo y resulta que puedo erguirme, que puedo avanzar. Entonces voy creciendo y me creo invencible, me lleno de arrojo y por vez primera decido enfrentarme al papel azul. Le grito e increpo, pero no obtengo respuesta. Me sacudo y acabo exhausta ante la impasibilidad de las paredes. Recorro cada esquina en busca de algo, de cualquier cosa, y al final suplico, pido con tanto ahínco que comienzo a llorar, pero nada cambia en absoluto. Las grecas no responden, no se mueven ni un ápice y creo desfallecer. Me arrastro hasta el lugar de partida y me tumbo, dejando que una nueva sensación me invada. Acabo resignada en cada recóndito rincón de mi ser y en cierto modo estoy en paz. Sé que no podré conseguirlo. Ahora lo sé.

A veces parece que me acosan esas volutas y esas hojas diminutas. Están por todas partes, menos en los sitos en que los muebles y otras cosas que no son el papel se interponen y estorban. A veces me juzgan y a veces permanecen impasibles, afirmando con su indiferencia mi propia irrelevancia. No hay nada más allá del papel azul, no hay otro azul abovedado, ni otro azul cuadrangular, ni otro azul que se extienda en una masa interminable en ningún sitio. Si los vi en otra parte, debió ser en un sueño. En algún momento ha dejado de existir lo que sea que hay fuera. Tampoco hay nada que pueda definirse como tiempo. Todo lo que creía saber resulta ser falso. No hay otras como yo. A veces me parecía oír sus voces en la distancia, como si vinieran del otro lado de las paredes. Pero no es posible. No hay nada más allá. Ahora ni siquiera yo soy yo, porque he dejado de existir y ahora solo soy parte del papel pintado azul. 

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