El tesoro en las cloacas

Ángel Belmonte Rodes

Segundo premio en el 2° Certamen Supraversum de Relatos de Fantasía y Ciencia Ficción


Ya nadie camina de noche por las calles.

Las autoridades no han comentado nada al respecto, pero el pánico se ha instalado en la población. Años atrás, en los tiempos de mi madre, habrían organizado patrullas vecinales, pero hoy se dedican a apuntar con el dedo y lanzar teorías. Las pulseras, los collares y las joyas en general que se pierden por las calles nunca aparecen, y no sería esto algo extraño de no ser por lo que aparece desde el subsuelo.

Hay algo en las cloacas.

Es un murmullo bajo los pies que no puedes notar si estás distraído, sobre todo por las bolsas y las latas que hay que ir apartando, pero si vas caminando muy cerca de las bocas de las alcantarillas, la historia es bien distinta. Verás esferas brillantes como lunas, ojos que te acechan con la astucia y la curiosidad de los animales. Y, sin embargo, nadie siente miedo al verlos observándonos. Dicen que no es una mirada depredadora, sino acusatoria. Hay inquietud, no terror. 

Como con todos los demás animales, he intentado averiguar más sobre ellos y apuntarlo en mi pequeño cuaderno de bitácora. Bajé a las cloacas con el equipo adecuado una semana después de sentir esos mismos ojos clavados en mí, notándome mucho más pesada que cuando exploraba en mi juventud. Es curioso cómo los avances también dificultan al tiempo que ayudan. 

Estuve perdida durante unos minutos, como si hubiera caído a un pozo de oscuridad. Suavicé la luz de mi linterna y ajusté la mascarilla. 

El hedor del agua sucia ya decía suficiente sobre el tipo de fauna que podría encontrar, pero sentía un gran escepticismo por descubrir algo fuera de lo común. El ayuntamiento limpiaba a menudo esos túneles para evitar la basura acumulada y los plásticos que intoxicaron nuestro mar hace años. Mi madre, también bióloga, estuvo protestando toda su vida, advirtiendo de lo que traería el futuro. Durante una generación entera lloramos por él. 

Resbalé al girar hacia el túnel que reptaba bajo la avenida principal. No hacer ruido era lo más lógico que se podía hacer explorando, pero se me escapó una exclamación de sorpresa, y justo entonces pude ver algo en el agua. Un movimiento. Un sonido de aleteo. Un destello.

Me quedé quieta, esperando averiguar qué había en el interior del esqueleto de la ciudad. Con la mano que no sostenía la linterna saqué mi cadena de oro de debajo del impermeable y la rodeé con el puño, segura de que eso me daría suerte. Bajo mi mano, el corazón me latía con una intensidad que me llegaba a las sienes y podía sentir retumbar en las patillas de las gafas. El colgante, como mi pasión, también había pertenecido a mi madre.

Cuando solté la medalla, una cabeza surgió a unos metros delante de mí en aquel canal y los latidos se detuvieron durante unos eternos segundos. Era indescriptible. El color de su piel era de un verde muy pálido, aunque no enfermizo: el color de los estanques limpios. Sus senos sobresalían en el agua, su pelo claro caía en una maraña de ondas sobre sus hombros angulares y, sobre estos y alrededor de la nuez colgaban multitud de collares. Cadenas de oro, colgantes, medallones de plata, relicarios antiguos… 

Sentí una extraña sensación de caída al encontrarme con los ojos de la criatura, que eran todo pupilas, y solo volví en mí cuando se acercó y logré ver parte de su cola. Las escamas eran de colores, aunque estos tenían un tono desteñido. 

Me arrodillé en el borde del estrecho pasillo y me incliné hacia el canal, llevada por un impulso que nacía del instinto y no de la razón, pues la razón de nada sirve si no se sabe nada. Con movimientos lentos, me quité el colgante y se lo ofrecí. La criatura se mantuvo quieta una eternidad, y me sorprendió inclinando la cabeza para que se lo colgara del cuello. Solo cuando lo hice mis sienes dejaron de retumbar. En esos luceros negros no había lugar para la inocencia de un animal, sino que encontré una angustia humana. 

Al alejarme para respetar su espacio, se giró con mucha lentitud y yo la seguí andando al lado del canal. Me estaba llevando a las entrañas más profundas de aquel laberinto subterráneo, pero lo que yo sentía era una complicidad más allá de cualquier comunicación. 

El camino acabó en un habitáculo de al menos quince metros de ancho, en un cruce de túneles. Allí, joyas de oro y plata llenaban los rincones, apiladas en montañas, y varias de las mismas criaturas, de aspectos tan dispares como los nuestros, las resguardaban de mi mirada. 

Mi guía me llamó la atención al moverse de nuevo por el agua hasta estar justo debajo de la boca de cloaca situada en el techo, nexo entre el mundo subterráneo y el mío, el que consideraba único. Su vista ascendió de las joyas brillantes hacia arriba, a la ventana al cielo nocturno, y en sus ojos se reflejaron las luces doradas y blancas de las estrellas, la angustia y la esperanza. Solo entonces comprendí. 

En esa pequeña cueva resistía el último bastión, y mientras nosotros nos rendíamos al caminar sobre el suelo que envenenamos, desorientados y culpables, ellas seguían soñando con volver a ver el cielo que les había pertenecido, con lo que había más allá de nuestras cabezas. Sentí alivio cuando el colgante de mi madre reflejó un destello sobre el pecho de todo lo que había intentado proteger, y temblé al pensar en lo poco que quedaba. 

La sirena siguió mirando al cielo, con su destino en mis manos.

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