Estrella del amanecer

Alejandro Antonio Arias Vázquez

Mención en el 4º Certamen Supraversum de Relatos de Fantasía y Ciencia Ficción


Se había quedado tras la ventana, observando la oscuridad de la noche sobre el césped. La brisa del aire zarandeaba las hojas de los árboles de un lado a otro, así que decidió abrir la ventana de par en par y respirar el suave aroma del campo recorriendo sus mejillas. Alzó la mirada y observó las estrellas que parpadeaban. Entonces pudo distinguirlas. Alnitak, Alnilam y Mintaka; el Cinturón de Orión. El chico volvió la mirada conteniendo su emoción. Su padre le había mostrado el cielo muchas veces. Le había transmitido, queriéndolo él o no, su afición por la astronomía. Comprendió que no sería la última vez que alzaría la mirada buscando las estrellas de la Constelación. Podía reconocer los principales Asterismos; el Cinturón, la Espada, el Espejo y el Escudo. Luego tomó una silla y la arrastró hasta la ventana y se quedó allí, sentado, respirando el aroma del campo, y pensando en su padre, o recordando las palabras de su padre, y al instante se quedó dormido. Su habitación se llenó de hojas verdes y de una oscuridad serena durante el verano, que es la misma que se repite durante todos los veranos de todos los años y todos los tiempos.

A la mañana siguiente el chico despertó con las primeras luces del sol saliendo sobre el horizonte, alzó la mirada y alcanzó a ver una sola estrella durante el amanecer. Brillante el sol se puso sobre el campo y ocultó la última estrella que se mantenía de pie. Entonces se alistó para salir al césped en donde estaba su madre recogiendo los frutos del huerto. Se sentaron juntos durante unos segundos sin mencionar una sola palabra. El chico tenía los ojos de su padre, unos ojos suaves y calmos. Ella acarició el rostro de su hijo y besó su frente pensando en el futuro, porque ya no quería pensar en el pasado. Ya no quería recordar, porque el recuerdo le dolía, y la memoria le provocaba episodios de ansiedad y pánico que culminaban en insomnio y lamento durante las noches.

Echaron a andar por el campo atravesando los árboles, y por el cielo desfilaban unas nubes blancas en forma de algodón que iban siendo empujadas rápidamente por el viento de la mañana. Entonces el chico creyó reconocer aquella estrella del amanecer rodeada por un halo brillante y que parecía reflejar la luz del sol. Ambos contemplaron aquella escena tomados de las manos, y el viento de la mañana nuevamente se asomó y sopló en sus rostros un aire tan cálido que más parecía ser un suspiro. Luego ese suspiro se volvió en una exhalación, la última señal de vida existente, y el suelo sobre sus pies comenzó a temblar. El chico y su madre vieron aquel halo sobre sus cabezas expandirse hasta ocultar el último atisbo de luz existente sobre la tierra. Corrieron a través de los árboles intentando ocultarse de aquella estrella final, y sobre el horizonte pudieron apreciar el espejo del mundo en donde se podían ver todos los colores del universo, todos los dioses, los amores, los símbolos y los infinitos. Las pasiones, los sentimientos, el último y el primer recuerdo. Las lágrimas de una madre y la muerte de un padre, la claridad del sol por la mañana y el suave aroma del campo recorriendo sus mejillas.


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