Historia de un piano en el espaciotiempo

Isis Aquino Méndez

Mención en el 4º Certamen Supraversum de Relatos de Fantasía y Ciencia Ficción


El día tres de febrero de 1868, la señorita Margarita Vogler, hija de un comerciante extranjero radicado en Santiago de los Caballeros, se fugó con Ismael Pérez Soriano, un mulato que militó en el bando de los Restauradores. La muchacha tenía diecisiete años, y el padre, que no había permitido los amores de su hija, montó en cólera la noche que subió a su alcoba a hablar con ella y halló, para su sorpresa, la ventana abierta, la ropa faltante, la carta de despedida.

La madre de margarita, Doña Tomasa Sánchez, luego de dar con el paradero de su hija y sin que lo supiera su esposo, le regaló el ajuar de bodas y un piano que había estado en su familia por generaciones, con la esperanza de que si la pareja se veía en algún apuro económico, pudiera venderlo para salir adelante. No pudo hacer más que esto sin que herr Vogler se diera cuenta, ya que mantenía un estricto control de las finanzas familiares, pero aquel viejo piano vertical siempre lo había visto como un trasto viejo, y de vez en cuando le decía a su mujer que se deshiciera de él.

Margarita nunca había aprendido a tocar piano, su padre decía que aquel era un conocimiento inútil, pero Ismael, con su limitado y empírico conocimiento musical la deleitaba cada noche cantándole y tocándole canciones muchas veces improvisadas, canciones de amor y pasión, y cada nota tocada a la luz de las velas, mirándole a los ojos, era como un hechizo que les hacía amarse más y más.

Cuando Margarita enfermó, Ismael no supo qué hacer. La quiso llevar a la capital, pero el médico del pueblo le dijo que no valía la pena. La muchacha, embarazada y enferma, languidecía con el paso de los días. Ismael vendió aquel piano que ella amaba y la llevó a Santo Domingo, sabiendo que madre e hijo corrían gran peligro. El hombre nunca supo si ella había muerto de las fiebres que la acosaban o de la pena por ya no poder oír aquel piano cada noche, encendido por fervorosas canciones de amor. El cadáver de Ismael fue rescatado del Río Ozama cuatro días después de la muerte de su amada.

En 1994 aquel piano fue adquirido por Rodrigo Cabral Schiffino, coleccionista particular, al que le fue vendido bajo la falsa afirmación de haber pertenecido a Delia Webber. Intacta la madera, resistente el metal, las teclas de marfil respondían igual que en 1729, año de su fabricación. Aquel coleccionista aseguraba a sus familiares y allegados, que el piano sonaba solo, poseído, sin duda por el alma de la poeta.

A la muerte de Cabral Schiffino, entre subastas y remates, el piano pasó a manos del Estado. En el año 2025, tras largos años de abandono en un oscuro almacén del Ministerio de Cultura empezó a ser exhibido en el Museo de la Música Dominicana, situado en la Ciudad Colonial de Santo Domingo.

El 17 de mayo del año 2028, en la víspera de las elecciones presidenciales, ocurrió lo que se recuerda como “el apagón de La Hispaniola”, causado en parte por la crisis mundial de combustibles fósiles, el arcaico sistema eléctrico de la isla, y un conato de fraude electoral urdido entre las filas del oficialismo de centro derecha que se salió de control, ya que cortó el suministro eléctrico no sólo de esa nación caribeña, sino de sus vecinos haitianos, que nada tuvieron que ver en el asunto, a pesar de que la extrema derecha les echara la culpa de todo.

En el silencio oscuro de aquella madrugada, Carlos Antonio Méndez de los Santos, guardián nocturno del Museo de la Música, lo oyó por primera vez: era una melodía tenue, que le llegaba como en sordina, pero que a la vez le inundaba la atención. Duró algunos diez minutos y tan repentinamente como había iniciado, cesó.

Al principio nadie le creyó, como era de esperar, lo publicó en redes sociales, cuando se repitió, grabó brevemente el episodio con su celular, pero la mayoría pensó que era algún montaje. A pesar de esto, Patricia García de la Hoz, una investigadora paranormal, se interesó en el caso y contactó al guardián, quien aun temiendo perder el empleo con el que mantenía a sus cuatro hijos (de distintas madres), le permitió entrar una madrugada para realizar algunas mediciones con aparatos de EMF, EVF y otros de los que ya no quiso preguntarle más, pues todo ese asunto le daba escalofríos.

Las lecturas salieron en cero. Aquella noche no hubo serenata. Pasaron varias noches así y Carlos la miraba avergonzado creyendo que aquella mujer rara, tatuada y con pelo violeta pensaría ya que estaba perdiendo su tiempo. Pero Patricia volvió cada noche con la paciencia que le dictaba el oficio, hasta que lo escuchó. Lo escucharon. Algo en aquella ahogada melodía le acordaba a Tchaikovski.

Patricia relató sus hallazgos y lecturas en un informe muy detallado que remitió a un colega catalán, el doctor Gerard Domenech, quien a su vez visitó el país y realizó estudios más profundos sobre el tema, incluida una lista parcial de todos los propietarios anteriores de aquel piano desde 1905. Domenech debe tener muy buenos contactos y bastante dinero, ya que consiguió adquirirlo y traerlo a Europa, sabrá nadie cómo. Ahora está ahí, en ese gran edificio blanco que se ve a través de la ventana. Es uno de los laboratorios de investigación de física de partículas más importantes del continente, pero eso ya lo sabes. Lo que quiero decir es que le hemos hecho todas las pruebas posibles y lo único que hemos descubierto es que las moléculas que forman los enlaces iónicos del metal vibran espontáneamente, solas, sin necesidad de que ninguna fuerza exterior rompa su estado inercial. Sabemos la longitud de las ondas sonoras, el espectro electromagnético del objeto tanto en reposo como en actividad. Lo que no sabemos es cómo.

—¿Entonces crees en los fantasmas?

—Creo que es Ismael Pérez Soriano el que toca esa melodía a su esposa muerta.

—Lo que menos sentido tiene es que tú, profesor Henrik Ullman, PhD… sepas tan detalladamente aquella historia de los 1860… ¿Cómo sabes esos nombres, esa empalagosa tragedia de amor? ¿Cómo es que alguien tan escéptico como tu puede creer en espíritus de un día para el otro?

—Muy fácil, mi querida Claudette. El piano me lo contó todo.


TwitterFacebookEmailWhatsAppPrintShare