Infiltrados hacia Artemis 27

Alexis Guzmán Cuello

Segundo premio en el 3° Certamen Supraversum de Relatos de Fantasía y Ciencia Ficción


¡Era ahora o nunca! X47 estiró con furia la cuerda de su arco de antimateria. El disparo trazó una recta luminosa en el aire y atravesó a la criatura. Sangre oscura, espesa y fétida como petróleo crudo se derramó por el suelo.

—¡Le diste! ¡Bien hecho soldado! —proclamó el sargento Reich.

Entre sacudidas de dolor el monstruo comenzó a bramar de rabia. Desde el costado izquierdo la viscosa sustancia oscura se derramaba poco a poco. Sus cuernos como lanzas se agitaban de un lado a otro mientras miraba frenético a su alrededor. Sus garras se hincaban en el suelo. Tenía una gruesa cola flameante que iluminaba entre latigazos su cuerpo lleno de escamas azul oscuro.

Desde detrás de un tronco, al costado derecho del potrero de su abuelo, Marlon se levantó a dar voces de alegría.

—¡Marlon! ¡La vaca te va a fajar! —gritó Jorge Enrique corriendo hacia la cerca más cercana.

No importaba que aquel potrero estuviera lleno de dormidera y aroma, sus acelerados pies descalzos apenas rosaron el piso.

El sargento Reich miró al frente. Aquellos ojos rojo vivo se enfocaron en su misma alma. Un aliento a muerte brotó desde detrás de los colmillos blanquecinos de la bestia. Apuntó su arma con valentía hacia el frente. Diez disparos seguidos estallaron por el cañón de su rifle de rayos gamma mientras gritó con furia. A quemarropa golpearon a la bestia. El silencio cubrió la escena por un breve instante. Un bramido hizo que las paredes de aquella estación espacial vibraran.

—¡Pa su escopeta!

Con la vaca enfrente, Marlon arrancó en retirada “estratégica”. El animal no tuvo tiempo de reaccionar. Como si fuera de agua, el niño atravesó los pinchudos y poco separados pelos de alambre de la cerca a sus espaldas. El otro lado de la cerca lo puso en zona segura.

La bestia se detuvo al borde del muro de contención. Mirándolos con impotencia, les dio la espalda y siguió alimentándose del hierro del suelo.

—Por poco no pasamos esta, X47 —dijo mientras recargaba su arma y secaba el sudor de su frente—. Espero que estas ciberarmaduras resistan todo el trayecto.

—Ya lo dijo usted, sargento Reich, pero esta misión lo vale —se retiró el casco negro y se lanzó una píldora alimenticia en la boca.

—Ya creo que sí. Verás que buena está mi prima, Jorgito —se baña todos los días a esta hora en el río.

—¿Y se bañará encuera? —murmuró Jorge entre dientes mientras se sacaba un enorme moco.

El sargento Reich se puso de pie y apuntó al frente.

—Así es mi querido secuaz. Artemis 27, la máquina más potente de la creación está detrás de esa valla titánica.

—¿Artemisa esta atrás de esas matas? ¿Tú crees? —Los ojos de Jorge se prendieron en llamas.

—Claro papa, el río está dentro de esa arboleda.

X47 frotó sus brazos robóticos.

—¡Hora de la acción!

Los dos soldados subieron por una escalera mecánica. Tras varios peldaños se desviaron por un oscuro pasillo. Una cruel melodía los obligó a erizarse, provenía desde una puerta al final del corredor.

—¡Coño! Marlon, que mal canta tu prima.

—Ni me digas na. Dale, dale, que quiero verla.

Ambos soldados se deslizaron tendidos sobre el suelo hasta el borde de la puerta. Ante cada centímetro andado las manos y los pies de Reich temblaban. X47 empezó a notar que el voltaje en sus terminales estaba aumentando demasiado. Pasaron la puerta arrastrándose. El sonido se hizo más intenso y abrumador. Reich por la derecha y X47 por la izquierda, asomaron las cabezas por encima del borde de la enorme plataforma. Sus miradas quedaron perdidas en la colosal habitación. Una criatura humanoide flotaba en la piscina de cristal que estaba al centro del mecanismo. Desde su cuerpo, nacían más de una decena de cables y se dispersaban por la pared del complejo. Tenía aletas en orejas y espalda y se mantenía suspendida en posición fetal. X47 gritó:

—¡Qué buena está!

Artemisa estaba dotada de atributos femeninos innegables. Jugaba con el agua de un lado a otro mientras se zambullía y saltaba en el pequeño riachuelo. Su bata mojada enmarcaba cada detalle de su veinteañero cuerpo femenino. Marlon, medio embelesado aún por la vista, golpeó la cabeza de su amigo al oírlo hablar tan alto y se ocultó entre los arbustos.

La criatura abrió los ojos. Con rabia lanzó un chillido al aire.

—¡Marlon! ¡Ven aquí ahora mismo!

—Oye, vámonos corriendo.

Marlon bajó la cabeza y se fue caminando hasta la orilla del rio.

—Ella corre más que nosotros. Es mejor ir a donde está.

Decenas de tentáculos nacieron de la pared y envolvieron a los dos soldados. Arrastrados frente a la criatura, esta los enfocó en sus ojos de reptil salvaje.

—¿Así que quieren verme bañándome no? Qué niñitos estos —La joven hizo una pausa y se rascó el mentón—. Ahora se me quitan la ropa los dos.

Artemisa se llevó las manos a la cintura y se irguió molesta.

—Pero prima…

—Te callas —lo interrumpió—. Tú querías verme y ahora yo te quiero ver como viniste al mundo.

Temblando, Jorge ya se había quitado su camiseta de Ironman.

—El short también —aclaró la muchacha con una enorme sonrisa vengativa en la cara.

—¡Pero prima…! —tartamudeó Marlon mientras veía a su amigo paralizado ante tal orden.

—Ustedes son niños, no tienen que tener pena. Arriba vamos para el agua.

Los dos soldados empezaron a ser azotados por los tentáculos mientras la criatura los observaba sonriente. Sus cuerpos se iban despedazando. Sumidos ante tal torrente de dolor, gritaban de forma desesperada. No había nada que hacer, estaba suspendidos en el aire, atados de pies y manos en lo profundo de aquella inmensa habitación de una sola entrada. Artemis 27 los mordió y arrojó con la boca de un lado a otro.

Al final, no hubo manera de escapar hasta que Artemisa estuvo satisfecha. Los dos salieron corriendo a la primera oportunidad entre temblores. La joven los miró correr desnudos por el potrero entre carcajadas. Nada se sabe en los días de hoy del destino final de X47 y Reich, pero al menos Marlon y Jorge Enrique juraron, entre otras cosas —por sus nalgas ardientes—, que no serían atrapados la próxima vez.

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