La cueva de John Bernard

Jonás Sanchez Paulino

Primer premio en el 2° Certamen Supraversum de Relatos de Fantasía y Ciencia Ficción


Soy descendiente de John Bernard, el legendario inglés de los abismos. No tengo la culpa de sus horrendos actos, pero como es una ley divina pagar por el pecado de los ancestros, hoy sufro las consecuencias. A veces pienso que entre los dioses habrá uno forjador de leyes diferentes en cuanto al pecado se refiere: el día que lo sepa, le serviré. Por ahora debo pensar a qué lugar del infierno irá mi alma. Juan en Apocalipsis lo explica y Dante lo afirma con severidad en la Divina Comedia. En este momento ésa es la vaga idea que me invade. Todo por descubrir algo siniestro y callar. Qué demonios saber en aquel entonces era un joven que no dejaba de jugar en la playita ni en el agujero en las rocas por donde salía el agua y formaba un deslumbrante ojo marino. Están en mi mente las imágenes de los oleajes en tiempos de tormentas cuando el agua del mar intentaba tragarse el trozo de pueblo, defendido con plegarias y tres cañones oxidados sobre las rocas gigantes de la costa. La abuela decía que, en época precolombina, Cayacoa sacrificaba a sus tainas para calmar la tempestad y con su sangre rociaba la bahía de este pedazo de pueblo que ellos llamaron Yuma.

Los espíritus enseñaron a mis ancestros a controlar ciertas rarezas como ahuyentar las nubes, llenar la playa de peces, cubrir el cielo de aves y por último a domar las bestias sin clasificar que surgen de la noche y que la bisabuela materna llamaba galipotes. Por otra parte, la gente del pueblo no dejaba de hablar de los flagelos desalmados que rondaban el puerto en noches plenilunios… Hablaban de ver a mi difunto abuelo John Bernard comandar un ejército de sombras, cerca del cementerio en la costa. Dicen que ese campo santo fue fundado por el abuelo para sepultar a su madre y el resto de su primera familia, muerta en la isla de S.T. Thomas. No se sabe qué tipo de maldición trajo consigo, pero sea lo que sea se refleja en la miseria de la gente.

De mi parte, colaboro con la paciencia y callo: soy descendiente de John Bernard y se me revelaron misterios que por la extrema vejez es difícil recordar con exactitud, aunque puedo sentir el terror devorar mi carne, igual que en aquella ocasión en que se desapareció el primogénito de los Charles y fue encontrado muerto en el despeñadero. Se desaparecieron cientos de niños hasta que la desgracia llegó a la casa y se llevó a Lucas: el tercero de mis hermanos.  Buscamos debajo de la tierra y allí lo encontramos sin una gota de sangre. Mi padre se veía tan sereno, y mi madre que no le pesaba la lengua, lloraba en silencio y tragaba seco mirando de manera acusadora a mi padre. El caso me aterró lo suficiente para comenzar a buscar al asesino. Escuchaba atentamente lo que decía la gente: horrores que me erizaban la piel y que no cabían en mi cabeza. Empecé a frecuentar a las ancianas que vivían del otro lado de la bahía, en el cañón prieto, donde la gente más profana de la tierra iba a consultar al diablo. Maldecían mi llegada. Se negaban a darme la consulta y me echaban como un miserable perro. Les ofrecía dinero y decían que estaba maldito. Pero un brujo, el menos consultado y a quién los demás temían por ser de la estirpe directa de Satán, se ofreció a revelarme la identidad del asesino siempre y cuando cumpliera con un encargo para él: buscar un cadáver humano que haya sido de un aborigen. Haciendo caso a su mandato, atravesé el gran cañón prieto y me interné en las montañas del oriente, montañas empenachadas de cuevas milenarias donde todavía el hombre no había explorado por temor al fantasma del pirata Cofresi, que según la leyenda deambulaba vigilando un gran tesoro. Duré tiempo buscando y cuando estaba apunto de darme por vencido, en lo profundo de una cueva, encontré el cráneo de un hombre… Siguiendo las instrucciones volví al pueblo y se la entregué al brujo. Por medio de un extraño ritual descubrió que el cráneo era de un hombre blanco, conocido en el pasado como Portugalete. Así que no podía hacer nada para ayudarme, sin embargo, por mis súplicas, me dio una pista. Habló de una extraña cueva cercana al mar, en los terrenos de mi difunto abuelo, John Bernard.

Al regresar a casa, mi madre había fallecido y mis tres hermanos estaban muy enfermos, con la piel aprensada a los huesos. Mi padre se mantenía sumido en el monte y regresaba de madrugada. Mis hermanos habían perdido la voz. Los vecinos más cercanos se marcharon y sus testimonios flotaban de boca en boca con palabras aterradoras acerca de los Bernard.

Regresé decidido; no me limitaban los prejuicios ni ciertas costumbres ancestrales. A estas alturas, levantar sospechas contra mi padre no era un acto rebelde, porque todas sus acciones inexplicables y salidas nocturnas, conducían a él. Una noche, convencido de que mi padre tenía que ver con el asesinato de los niños, lo seguí por el camino de la playa. Crucé el muelle y una constelación de troncos varados a orillas del pedregal. La espuma fría de la noche cubrió su cuerpo y no pude distinguir a varios metros si iba caminando… Su sombra se introdujo en el cementerio. La vi escabullirse en las catacumbas rocosas, debajo de una sepultura antigua, quizás la primera, trono de la Baronesa, madre de John Bernard. No me faltaron las agallas y también colé mi cuerpo. Estaba a oscuras, embalsamada de niebla, más bien era como una entrada oculta. No sé con qué rapidez se movió mi padre para perderse de vista ¡si ni siquiera encendió un foco! No obstante, encendí una antorcha y avancé. La concavidad parecía conducir a las mismas entrañas de la tierra. Perdido en el cilindro rocoso, vi una luz menguar. ¿Era la salida o la entrada? Pero no al mar sino a un habitáculo paleolítico. Inconsistentemente se escuchaba el rabiar de un reptil. ¿Qué clase de reptil? No lo sabía y traté de averiguar. Llegué al interior de una enorme cueva, posiblemente la que el brujo mencionó. Las grandes estalagmitas lucían en todos los diámetros, estilaban un extraño líquido espeso y salitroso… un viento frío hacía presencia y se escurría por las grietas; diabólicamente dejaba un resplandor de polvo, que provocó un chirrido cacodemoníaco al envolver una espantosa sombra que se mantenía en horrendos movimientos. Un pánico cerval cegó mi pensamiento cuando una repentina figura malograda, parecida a lo que alguna vez fue mi padre, cruzó las estalagmitas a beber del espeso líquido salitroso. Del mismo lado de la salida, donde la luz lunar atravesaba los árboles, vi el cuerpo de un reptil gigantesco, con cara y brazos humanos, arrastrándose entre las brumas. Mi padre aún hablaba y bruscamente con la lengua larga y vibrante llamaba a aquella monstruosidad: «J-o-h-n… B-e-r-n-a-r-d».

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