La última cena

Israel Montalvo

Tercer premio en el 2° Certamen Supraversum de Relatos de Fantasía y Ciencia Ficción


Esa imagen se perdía en un profundo carmesí, en un tono que simulaba a un hígado crudo, daba vueltas por su cabeza, en momentos permanecía estática simulando una fotografía, y luego, cobraba vida, se contraía como una palpitación, iba y venía. Yeyé no podía distinguir con claridad si todo era una gran mancha roja o era algo más. Alguien. Yeyé intentaba aferrarse desesperadamente a este mundo, seguir en la cordura que al igual que la imagen carmesí, iba y venía en oleadas. No era mucho lo que había comido, apenas una rebanada de pastel, y todavía podía saborear el chocolate por su paladar. Myrna, en cambio, estaba completamente ida. Su vista estaba fija en una de las paredes del comedor, no estaba segura de cual era, sólo que era del comedor. La mirada de Myrna se fue gradualmente desviando al pavo que se encontraba ocupando el sitio de honor en la mesa, junto a una ensalada de papas, una botella de sidra, y el pastel que Yeyé había horneado para su primera noche juntos. Ella no había comido mucho, no como Yeyé lo había hecho, él ya tenía experiencia y sólo se quedaba quieto mientras se perdía de esa vida, en cambio Myrna estaba pagando por su inexperiencia, estaba en un mal viaje, sudaba frio y empezaba a temblar, no podía controlar su cuerpo que se agitaba bruscamente. Yeyé apenas se daba cuenta de las cosas, el hígado crudo lo devoraba en momentos.

—Deberíamos hacer algo especial para nuestra primera navidad —Propuso Myrna la tarde anterior mientras veían esa vieja película donde Sigourney Weaver machacaba a la creación de Giger—. Qué tal uno de tus pasteles “mágicos”. 

—Con un cincuenta de la moradita la hacemos —sentenció Yeyé, mientras se perdía en la trama de un horror espacial, mientras la palabra “deberíamos” rondaba por su cabeza, sabía que toda lo haría él, ser bueno en la cocina era casi una maldición, aunque así fue como atrapó a Myrna, gracias a una buena cena.  

Myrna ya no estaba segura de que aquello que estaba en la charola que le regaló su madre, fuera en verdad un pavo. “¿Un pavo para dos personas?” se repetía en su cabeza intentando comprender algo que se le escapaba. Se le apareció entre pensamientos la imagen de Juanito, ese regordete y siempre alegre mocoso que de debes en cuando le alteraba los nervios cuando andaba corriendo por las calles del vecindario sin importarle si un carro pudiese pasarle por encima. Esa cosa sobre la bandeja de plata y adornada con frutos secos y que desprendía un olor envinado, esa cosa era del tamaño de Juanito. Lo único que hacía falta era la enorme cabeza del mocoso. “Ahí va el pequeño Olmeca” era la broma que siempre hacía Yeyé cuando el niño andaba corriendo por la acera que estaba frente a su casa. 

—¿Lo viste?  —Gritó Yeyé, aterrado—. Se movió.

Myrna le dio un vistazo por inercia. Yeyé había saltado de la silla en la que se encontraba y se pegaba a la pared como sí quisiera evitar el contacto con algo. 

—¿Encontraron a Juanito? —Preguntó, pero Yeyé ni tan siquiera se percató de la pregunta. Estaba horrorizado con la escena que se desarrollaba frente a sus ojos, en la contracción del vientre de aquello que estaba sobre la bandeja, de cómo abrió las piernas y lo dejó escapar.

—¡Alien! —Gritó Yeyé a todo pulmón—. ¡Es el puto Alien! —Estaba aterrado, no podía dejar que esa cosa lo tocara y lo derritiera con su saliva que emulaba el ácido. Qué importaba que fuera del tamaño de un ratón y cupiera en su mano, que Myrna no lo viera, él sabía que estaba ahí y en cualquier momento se balancearía sobre ellos.

—¿Crees que los padres de Juanito lo van a extrañar?  —Myrna aún seguía pensando en el pequeño vecino regordete. 

Yeyé dejó de lado al octavo pasajero que se escondía en algún oscuro paraje de su mente y recordó la última vez que alguien vio vivo a Juanito, en cómo su cara parecía haber sido apresada por una enorme mano que lo había dejado marcado por un tono rojizo que cubría la mayor parte de la piel de su rostro. Yeyé sabía que su padre era un desgraciado, solía escuchar cómo lloraba después de cada golpiza, y eso lo enfurecía tanto porque le recordaba a su viejo, que tampoco había sido un buen padre. 

—Yo no sé si lo extrañaría  —murmuró Yeyé —. Con el tiempo todo se olvida.

Tomó el cuchillo con el que cortó las dos rebanadas de pastel y miró el reflejo difuso en la hoja metálica, entre migas de pan. No sé reconocía a sí mismo. Apretó el mango con todas sus fuerzas o eso creía hacer. En momentos se perdía lejos de esa realidad y se encontraba buscando la sombra de un alien que podría caber en uno de sus puños, o en el profundo carmesí que lo cubría todo.

—¿Qué haces Yeyé? —Fue lo último que pudo escuchar antes de caer en la inmensidad de un tono que simulaba al hígado crudo.

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