Lo mejor era olvidar

Virginia Orive de la Rosa

Mención en el 2° Certamen Supraversum de Relatos de Fantasía y Ciencia Ficción


Comenzaron a matarse los unos a los otros, se detuvieron por un tiempo y volvieron a empezar. Las rencillas, el odio y la venganza los arrastraron a un ciclo de violencia que parecía no tener fin. Entonces decidieron que lo mejor era olvidar. 

Erihar se despertó como cada mañana, se desperezó y se pasó los dedos temblorosos por la nuca, justo en la base del cráneo, donde se encontraba la cicatriz de la incisión. Esperó, mirando a su alrededor mientras los datos básicos cargaban. La casa era una más, del estilo habitual entre los arbanos, aunque ella no tenía forma de saberlo, aún no. Habían aprovechado la roca natural de la montaña como cuarta pared y habían alzado las otras tres a partir de ella. El techo era curvo y se inclinaba hacia la cortina de cuentas que cubría la puerta. 

Lo primero que aprendió fue el idioma y los datos básicos sobre su persona. Erihar. Hembra. Arbana. Cuarenta y dos años. No había mucho más, ya que el archivo se introducía en los niños al poco de nacer y no volvía a actualizarse con nueva información. Después llegaron las leyes, costumbres y normas sociales. Por último, datos sobre el entorno cercano, que se fueron expandiendo hasta abarcar todo el planeta. Y eso fue todo. Sin identidad, ni recuerdos. Erihar se incorporó despacio, mareada por la explosión de datos recibidos.

En un rincón de la casa había un cubículo que, según la tarjeta de memoria implantada en su nuca, servía para el aseo personal y la evacuación de residuos fisiológicos. Se dirigió hacia allí con pasos temblorosos, pero se detuvo a mitad de camino al escuchar un ruido procedente del interior. Un animal, quizá. Según sus datos, no era infrecuente encontrar un peludo mesco oculto en el rincón de alguna casa. Avanzó con cuidado. Un paso, otro y entonces, se detuvo en seco frente a la figura que acababa de salir del pequeño cuarto. 

Un macho; alto y muy delgado, con dos pequeñas hendiduras por ojos y una boca grande y húmeda. Su piel era azul oscuro salvo en los tres apéndices que remataban cada uno de los dos pares de brazos, que tenían un tono rojo claro. Los brazos que nacían de los hombros eran más largos que los que surgían de las costillas. Las piernas firmes terminaban en apéndices rígidos. Un arbano normal y corriente. Ella lo miró con desconfianza. 

—Erihar —dijo presentándose—. ¿Te conozco?

Shadalar salió de la vivienda. Suponía que era suya porque había despertado allí aquella mañana, pero no tenía forma de saberlo. La tarjeta de memoria no incluía apenas información personal. Shadalar. Hembra. Arbana. Treinta y cuatro años. Nada más. 

Se cruzó con una pareja que salía de la casa contigua. Se habían despertado juntos y, por tanto, debían ser familia. Además, los colores de sus apéndices eran compatibles; verdes los de ella, amarillos los de él. Según la tarjeta había cinco colores: verde, azul, amarillo, morado y rojo. Cada color no podía relacionarse con el anterior y el siguiente, de este modo se evitaba la endogamia y otras aberraciones genéticas. Verde y amarillo estaba bien. Debían ser pareja, pero había algo en su expresión confusa; una mezcla de perplejidad y desconfianza. 

Shadalar sintió que se le encogía la tercera vejiga. Eran desconocidos, igual que todos los demás, solo que ellos se habían despertado juntos y así seguirían, condenados a conocerse de nuevo cada día y olvidarse con cada anochecer. Hasta que uno de ellos fuera incapaz de llegar a casa a tiempo y no volvieran a encontrarse jamás. «Antes de esto existían guerras, ahora vivimos en paz», recitó para sí antes de saludar a sus vecinos con educación, tal y como la tarjeta de memoria describía. 

Siguió avanzando, descendiendo por el camino desde el nivel siete en que se encontraba su vivienda. Sus ojos recorrieron la ciudad que ocupaba la ladera de una montaña de tierra grisácea. Las casas nacían de la pared como rostros espantosos, caras que Shadalar no recordaba. Se asomó por el precipicio que se abría a un lado del camino y la quinta vejiga se le encogió por el vértigo. La luz de la mañana era pesada y fría. Se hizo visera con el par de extremidades superior mientras observaba a los huesudos sarlos que volaban en círculos sobre la montaña. Notó una opresión extraña en la segunda vejiga. La tarjeta de memoria le informó 

que los sarlos se comportaban así cuando buscaban alimento, pero ella sentía que había algo más. Un mensaje, pero no solo los recuerdos habían muerto, también las historias compartidas. Quizá alguien supo alguna vez que una bandada de sarlos sobrevolando la ciudad presagiaba algo, pero ahora lo habían olvidado. Al mirarlos, Shadalar había creído saber, pero nada sabía. «Hoy va a ocurrir algo». 

Descendió hasta el nivel uno y esperó a que el ordenador le asignara una tarea. Se le encargó atender uno de los comedores comunes. La mañana pasó, llegó la tarde y no había sucedido nada. Ayudó al resto de asignados a preparar la cena y sirvieron a los que venían de ocuparse en otras labores. Trabajar en el comedor estaba bien o eso suponía tras estudiar los rostros cansados de los que llegaban tras haber finalizado una asignación agraria. Pero no podía saberlo, no recordaba el trabajo del día anterior como tampoco recordaría el comedor cuando anocheciera, ni ninguna otra cosa. Le habían robado la memoria al nacer, como a todos los arbanos. 

Una vez hubo cenado, comenzó a ascender por el camino de regreso al nivel siete, donde había despertado. Allí debía dormir. Al llegar al nivel cuatro encontró a un grupo más grande de lo habitual. Un macho se comunicaba a gritos abriendo mucho la boca y dejando caer densos pegotes de baba. 

—¡No podemos consentirlo! Si no la encontramos antes de que anochezca, olvidaremos su crimen —dijo agitando los cuatro brazos con furia.

—Nos quedamos sin tiempo —dijo una hembra.

—Shadalar —se presentó tal y como indicaban las normas—. ¿Qué ha ocurrido? 

—Delonir. Un asesinato —dijo la hembra.

—No puede ser —respondió ella—. Ya no nos matamos los unos a los otros. Vivimos en paz —miró hacia arriba, en busca de algún sarlo, pero el cielo estaba despejado, iluminado por la luz aterciopelada del atardecer.

—Ornure. Las leyes dicen que debemos arrojarla por el acantilado, antes de que caiga la noche y todo se pierda —insistió el macho—. Debemos encontrarla. 

—Pero, ¿cómo?

Los que la habían visto no tenían modo de explicarles a los demás quién era, solo podían describirla. «Tan alta como tú, pero sus apéndices son verdes». La buscaron tanto como pudieron, hasta que el anochecer amenazó con encontrarlos en los caminos y cada cual volvió a su casa, corriendo. 

Shadalar sabía que algo iba mal, lo había sabido desde aquella mañana y entró en su vivienda con la primera vejiga en tensión. Había alguien allí, una figura femenina, a un lado de la puerta. Se dio la vuelta e intentó gritar, pero los apéndices verdes de la hembra cubrieron su boca, mientras la arrastraba forcejeando hasta el suelo. 

—Erihar. No tengas miedo. 

Los apéndices se retiraron lentamente, pero la hembra se mantenía sobre ella inmovilizándola con su cuerpo. 

—Shadalar. Eres una asesina.

—No —dijo Erihar agitando los brazos inferiores—. Estaba todo mal. Despertamos juntos. Él dijo que éramos pareja, pero sé que mentía. Intenté encontrarle sentido, pero no había nada, solo vacío. No le conocía. Insistió e insistió durante horas, pero yo sabía que no era real. Solo le empujé, para que se callara. 

—Lo olvidaste, pero si despertasteis juntos… 

—No, tal vez se coló en mi casa, como yo contigo. No le conocía. Además, sus apéndices eran rojos. Rojos, ¿comprendes? 

Le mostró sus propios apéndices verdes. El rojo iba justo antes que el verde, no podían ser pareja. Al menos, no debían serlo. 

—Quizá eráis familia, hermanos… —sugirió Shadalar.

—No, no lo conocía. 

—¿Cómo puedes saberlo?

—Lo sé. Lo odiaba. 

El anochecer cayó sobre ellas y poco a poco las palabras de Erihar se disolvieron en sonidos confusos que su mente desechó con el resto de recuerdos. Se miraron la una a la otra, en silencio, mientras sus identidades morían y la tarjeta emitía impulsos eléctricos que les forzaron a caer en un profundo sueño.

Erihar se despertó como cada mañana, se desperezó y se pasó los dedos temblorosos por la nuca, justo en la base del cráneo, donde se encontraba la cicatriz de la incisión. Esperó, mirando a su alrededor mientras los datos básicos cargaban. Sus ojos descansaron en el rostro de la hembra que yacía bajo su cuerpo. Reconoció sus rasgos. 

—Erihar —dijo presentándose—. ¿Te conozco? —pero ya sabía la respuesta.

—Shadalar —dijo con una sonrisa—. Te recuerdo.

TwitterFacebookEmailWhatsAppPrintShare