Panacea

La Imagistino

Mención en el 4º Certamen Supraversum de Relatos de Fantasía y Ciencia Ficción


Antes

La noticia apareció en la portada de todos los periódicos, protagonizó los telediarios de todos los canales, saltó de móvil en móvil y escaló listas de tendencias en todas las redes sociales. El tono y las palabras variaban según el emisor: a algunos les parecía un despropósito, otros lo consideraban una salvación, unos cuantos pensaban que se trataba de una noticia falsa… A nadie le eran indiferentes ni «DouDou» ni las promesas de las que ese curioso nombre era estandarte.

A pesar de la disparidad de opiniones, en todas las fuentes que informaban sobre DouDou se vislumbraba como mínimo un atisbo de intriga. No era para menos: se trataba del nombre de una aplicación capaz de curar una increíble variedad de enfermedades mentales durante las horas de sueño. Los principios activos de aquel prometedor tratamiento, que estarían a la venta por el precio de un ordenador barato, consistirían en una gama de peluches: un oso para los trastornos alimenticios, un conejo para los del estado de ánimo, un perro para los obsesivo-compulsivos y los de ansiedad, un mapache para los relacionados con traumas y estrés, un ratón para los de somatización, un león para los psicóticos y un zorro para los disociativos. Sus formas redondeadas, sus coloridos y sus proporciones exageradas les hacían parecer entrañables juguetes.

En entrevistas, ruedas de prensa y simposios, el equipo desarrollador de DouDou aseguraba una y otra vez que su producto marcaría un antes y un después en la historia de la psiquiatría. Afirmaban que el tratamiento de DouDou les daría a los pacientes la oportunidad de pelear en sueños contra sus propias enfermedades. La aplicación estaría disponible a mediados de año para todos los sistemas operativos líderes en el mercado. En medio de la expectación ante la espera, podía apreciarse una alarmante -aunque discreta- impaciencia.

Después

La noticia apareció en la portada de todos los periódicos, protagonizó los telediarios de todos los canales, saltó de móvil en móvil y escaló listas de tendencias en todas las redes sociales. El tono y las palabras variaban según el emisor: a algunos les parecía lo esperable, otros lo consideraban una condena, unos cuantos pensaban que el suceso parecía sacado de una serie… A nadie le eran indiferentes ni la retirada provisional de DouDou del mercado ni las razones por las que ya no estaba disponible.

Los servicios sanitarios y de emergencia no daban abasto. Corrían por Internet numerosos vídeos de personas que quemaban pilas de peluches de DouDou. Las incontables reseñas negativas de la aplicación rezumaban tristeza y odio. El equipo desarrollador había recibido una ingente cantidad de quejas, cientos de denuncias y hasta alguna que otra amenaza de muerte. Aquellos iracundos mensajes tenían un par de cosas en común: sus autores eran seres queridos de los usuarios de DouDou y todos afirmaban que sus familiares, amigos o parejas no habían despertado después de usar la aplicación por la noche. Los desarrolladores se excusaban en que DouDou garantizaba la oportunidad de luchar en sueños contra una enfermedad, no la victoria en esa batalla.

Se estimó que más de seis mil personas habían sido hospitalizadas en menos de cuatro días. Al contrario de lo que se había creído al principio, todas estaban vivas. Su cuadro clínico común consistía en taquicardia, sudoración y parálisis general. Los médicos no tardaron en percatarse de que el sistema nervioso central de todos los pacientes parecía indemne, pues procesaba diversos estímulos simples de forma correcta. Eso les hizo teorizar que las víctimas no estaban realmente inconscientes.

Los médicos registraron los dispositivos móviles de los pacientes y trataron de abrir DouDou en ellos, pero la aplicación redirigía a una carpeta. Intentaron inspeccionar su contenido, pero no todos fueron capaces de hacerlo sin taparse los oídos o apartar la mirada. Era como si la aplicación hubiese documentado las enfermedades mentales de sus usuarios en archivos multimedia, entre los que se hallaban grabaciones de alucinaciones, vídeos de pensamientos intrusivos y fotos de traumas.

A uno de los profesionales se le ocurrió hacer que una paciente escuchara las grabaciones de su móvil con unos auriculares. Fue así como corroboraron que, en efecto, las víctimas estaban conscientes. Al analizar la sangre de la joven, comprobaron que sus niveles de cortisol se habían disparado. Y justo antes, cuando la grabación se estaba reproduciendo en sus cascos, habían visto como los ojos se le inundaban de lágrimas.


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