Retorno

Andrés Ulianov Paredes Auz

1º premio en el 4º Certamen Supraversum de Relatos de Fantasía y Ciencia Ficción


La mañana en que Adela Müller tenía que dirigirse a la convención internacional de asuntos bélicos, despertó con la tristeza acostada en su cama. Se aseó y revisó las líneas de su discurso con un desinterés inusual. En el camino, su secretario personal le ofreció el vaso de whiskey que exigía antes de cada intervención crucial, pero ella lo rechazó con un ademán fatigoso. El automóvil blindado se detuvo frente al edificio donde esperaban su conferencia. Afuera, los periodistas hambrientos por la primicia zumbaban con sus interrogatorios preconcebidos. Müller salió rodeada de guardaespaldas y el semblante rígido que la caracterizaba se desplomó por un segundo. De repente, un fuerte aroma a chocolate invadió sus poros, llevándola hacia una rememoración paradójicamente ignorada.

Retorno (Dibujo por Agraskar)
Dibujo por Agraskar

Entonces, fue abatida por una súbita tristeza que la postró inmóvil en la acera mientras los guardaespaldas se organizaban para protegerla. No sin dificultad, la ingresaron nuevamente en el automóvil.

En ese corto lapso de decaimiento había evocado las tardes de una niñez desconocida. La niña de su recuerdo era rubia y las pecas le adornaban el rostro regordete.

La niña aspiraba el aroma que emanaba de la fábrica de chocolates y el corazón le sonreía. Pensaba que el monóxido de aquella industria debía formar las nubes. Le era inverosímil creer que ese aroma pudiese contaminar parte del mundo.

Recordó el calor de la chimenea que cobijaba la sala, mientras, su abuelo le acurrucaba el alma con historias pretéritas. La muchacha anhelaba haber podido escuchar el final de alguna de ellas. Rememoró la escuela, los maestros siempre enojados, el alboroto del receso, la campana de la hora de salida y los amigos del pueblo.

Recordó a su madre: hermosa y de cabello brillante y suave. Era, sin duda, el espejo de la belleza. Había crecido con ella desde que su padre fue enlistado para ir a la guerra. El último retazo que guardaba de aquel hombre era distante: dibujado en la estación donde la besó en la frente y subió al tren listo para el viaje del cual jamás volvió. La muchacha era muy pequeña y de su padre no quedaba la huella del rostro, pero sí ese beso cálido y eterno.

El tiempo, que es impiadoso, no solo se llevó a su abuelo, sino que, sin tregua, anduvo desapercibido y devorándolo todo. Se había llevado la niñez de la muchacha, la presencia de su abuelo, las facciones del padre y la belleza de la madre que se percató de aquello por primera vez, cuando, viéndose al espejo, sorprendió a una mujer extraña, marcada por una vejez adelantada.

La muchacha, bella como la madre, con esos ojos tristes que enamoran al más rígido de los seres, había perdido la niñez y las caderas se le habían ensanchado. Conoció a su primer amor una tarde que contemplaba el aroma del chocolate. Forjaron la costumbre de descubrir las figuras moldeadas en las nubes y contar las leyendas que guardaban las estrellas titilantes en la inmensidad. Una noche, en el pasto donde tejieron su historia, se vieron desnudos bajo el firmamento, enfermos de amor.

El rumor de una nueva guerra cambió su semblante y el del pueblo. Al poco tiempo, la pesada bruma de las bombas y el ruido fulminante de los aviones apagó cualquier esbozo de calma en las ciudades aledañas. Ella recordó la trágica mañana en que, mientras su madre agonizaba, el chico que amaba se enlistaba para ir a morir. La madre dijo, antes de descansar por fin del peso de la tristeza: «No tengo la fuerza para ver como la guerra se lleva a los hijos de los hombres que se devoró la primera vez»

Entonces, sola en el mundo, la joven se postró a esperar la carta que jamás llegaría, pues su amado había caído en combate.

Al pueblo se mudó un luto general que marcó el semblante de sus habitantes. Los árboles se unieron al quebranto y no volvieron a dar frutos, las cosechas se perdieron como si supiesen que ya no tenía sentido nacer en un territorio fantasma, las guitarras no entonaron más el secreto de sus cuerdas, pues los hombres se habían llevado su melodía atorada en la garganta.

Quien fue alguna vez una niña de pecas esparcidas como estrellas, envejeció para siempre al recostarse en el pasto por última vez y aspirar el aire enrarecido de las bombas, que reemplazaba el aroma del chocolate. El pueblo era un muerto que caminaba cabizbajo y embadurnado de ceniza. Por eso, cuando las tropas enemigas lo invadieron, quienes miraron al cielo, no vieron el terror, sino el alivio.

En la caída mortífera de la bomba, la joven tuvo una visión: en una época futura, una mujer se dirigirá a una reunión crucial que determinará una acción bélica, apocalíptica para la humanidad. En ese segundo ínfimo, la joven sintió, por alguna razón extraña, que esa mujer era ella. El estallido de la bomba apagó su vida y, con ello, la revelación.

Adela Müller secó una lágrima que resbalaba por uno de sus carrillos. Estaba confundida aún y se sorprendió al verse en el automóvil de ventanas polarizadas. Confirmada la negación de un nuevo decaimiento, ordenó que le abrieran la puerta.

Müller contempló los micrófonos y cámaras a través desde el asiento trasero. En silencio, recapituló la historia que su mente había evocado: la niña de un pueblo postrado en una época que no le perteneció. No le pertenecían tampoco las historias del abuelo, ni el primer amor, ni el suave aroma de chocolate que emanaba aquella fábrica. ¿Quién era esa niña y por qué tal historia había asaltado su cabeza con tanta vehemencia como si el recuerdo fuese propio?  No lo sabía. Sin embargo, una cosa reconoció como suya en ese concierto de imágenes: los ojos de la niña; eran los mismos ojos que Müller miraba al espejo cada mañana. Quizá no su forma, sino su esencia, no sus rasgos ni la cromática de su iris, sino el interior de estos. El alma, dicen, está allí.

Luego de la reunión, la noticia giró por el mundo entero: La Tercera Guerra dejó de ser una opción para Adela. En cambio, en los despachos secretos donde deambulan los altos mandos internacionales, había otra noticia determinante: Adela tenía que morir.


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