Shalom aleichem

Krsna Agustín Sánchez Nevárez

Mención en el 2° Certamen Supraversum de Relatos de Fantasía y Ciencia Ficción


Cuando regresaban a su astronave, los astronautas descubrieron unas huellas que avanzaban en dirección contraria, adentrándose entre las dunas. Los surcos sobre la arena dibujaban un patrón distinto al de las llantas del vehículo en el que ellos viajaban. Pero indudablemente fueron producidas por algún tipo de transporte mecánico. No habían sido borradas por el leve viento que barría la zona, eso indicaba que eran recientes. ¿Acaso había otro vehículo en las cercanías? ¿Cabía la posibilidad de que sus tripulantes estuvieran observando a los astronautas en ese momento? La situación resultaba sumamente sugestiva: la exploración de los humanos en un exoplaneta deshabitado coincidía con la presencia de otros visitantes inteligentes.

—¡Tenemos que seguir estas huellas! —dijo emocionado uno de los astronautas.

—No— contestó tajante su compañero por el intercomunicador del traje espacial—. Lo que haremos es volver a la astronave para informar a la base acerca del hallazgo. Después esperaremos sus indicaciones. 

El visor del casco ocultó el disgusto en el semblante del sujeto encargado de los controles. Pasarían varias horas antes de recibir una respuesta de la agencia espacial. No solo por la demora en la comunicación desde la Tierra, sino sobre todo por el tiempo que les tomaría a las autoridades llegar a una decisión unánime. Pero no debía contradecir a su compañero. Ya que era el comandante de la misión y él, en cambio, un simple piloto. Así que puso en marcha el vehículo en sentido opuesto a las huellas. 

Antes de alejarse demasiado, el piloto reflexionó acerca de la bajísima probabilidad de que ocurriera otro encuentro fortuito entre las dos especies. Decidió entonces que era su responsabilidad no desperdiciar aquella oportunidad irrepetible. Hizo frenar de repente el transporte.

—¿Qué pretendes, Enoc?— exclamó el comandante—. ¡Ni siquiera lo intentes!

—Discúlpeme,  pero no es el momento para comportarse con tibieza.

—Meditalo por un segundo. No sabemos adónde vaya a parar el rastro. ¿Quieres arriesgarte a que la batería del coche se agote en medio de la nada? Yo no estoy dispuesto a correr ese riesgo.

Enoc entendió que prolongar la discusión perjudicaría sus intenciones. Se abalanzó contra el otro astronauta. Durante unos instantes, hubo un forcejeo entre ambos, entorpecidos por sus trajes espaciales. Al finalizar la lucha, el piloto consiguió arrojar al comandante fuera del vehículo.  Tomó de nuevo los controles, dio media vuelta y se enfiló a seguir las huellas. Aceleró a máxima velocidad. Presentía que los alienígenas no le llevaban mucha distancia de ventaja.

Después de retirarse una veintena de metros, el piloto echó una mirada atrás. El comandante había conseguido incorporarse y contemplaba impotente cómo el vehículo se alejaba. Enoc supo que acababa de cometer una grave traición. Seguramente en la Tierra sería considerado un criminal. Sin embargo, pensó que debía asumir esa culpa como una insignificancia, ya que se dirigía a ejecutar la empresa más trascendental de la historia humana. Firme en sus convicciones, apartó su vista del compañero desahuciado.

Mientras transitaba por la llanura, Enoc escudriñó los alrededores en busca del mínimo indicio de alguna presencia. No avistó a nadie por ninguna parte. A la redonda se extendía el yermo característico del exoplaneta. Era un mundo árido que orbitaba a una estrella menguante en el disco más externo de la galaxia. Enoc consideró que la soledad de aquel orbe sin nombre representaba una acertada metáfora del estado de la humanidad en el universo. Aunque los cálculos científicos habían predicho una alta probabilidad de que existieran numerosas civilizaciones extraterrestres, los humanos jamás entraron en contacto con ninguna de ellas. Hasta esa fecha, la exploración espacial había sido un interminable paseo por un universo deshabitado. Pero ahora, auguraba el astronauta, la soledad de los terrícolas terminaría finalmente.

En el transcurso del recorrido, la imaginación de Enoc iba llenándose de visiones cada vez más fantasiosas. Intentaba hacerse una idea de la apariencia de los alienígenas. ¿Mostrarían el famoso aspecto de hombrecillos cabezones? ¿Tendrían piel gris, o verde, o quizá transparente? ¿Serían altos o pequeños? ¿Lucirían como monstruos amenazantes o como criaturas hermosas, semejantes a ángeles? ¿Podrían no parecerse a nada soñado por la humanidad hasta entonces? El astronauta ansiaba contemplarlos y resolver el agobiante caudal de dudas.

A mitad del trayecto, Enoc recordó al comandante. A pesar de intentar evitarlos, sintió remordimientos por su destino. No lograría caminar a la astronave antes de agotar el oxígeno de su tanque. Estaba condenado a una muerte espantosa. Siendo  sincero, nunca mantuvieron una amistad estrecha, pero era imposible no sentir cierto aprecio por una persona luego de cruzar juntos la vía láctea. Enoc se repitió una y otra vez que el sacrificio del comandante traería innumerables beneficios a sus congéneres. Los alienígenas les aportarían vastos conocimientos, además de tecnología avanzada. Y la contribución más importante: un punto de vista completamente novedoso sobre la existencia.

 De ahí en adelante, Enoc optó por concentrar su atención en la reunión que estaba por sostener. Ignoraba si sería posible entablar comunicación con los extraterrestres de una manera convencional. Tal vez tendría que hacerse entender con señas o, convenientemente, ellos estarían equipados con algún artefacto de traducción universal. Y de ser así, ¿cómo debía iniciar la conversación? Abordarlos con un “Hola” le parecía insoportablemente trivial. “Saludos, vengo en nombre de la Tierra”, sonaba demasiado protocolario. A lo mejor resultaría oportuno usar una expresión clásica. Sopesó las alternativas de presentarse mediante un “Pax vobiscum” o un “Shalom aleichem”. Durante el resto del recorrido, Enoc ensayó saludos y discursos grandilocuentes.

 El vehículo siguió el rastro serpenteando entre montículos rocosos, atravesando hondos cráteres, subiendo y bajando empinadas laderas. Las marcas se tornaban menos visibles en algunos tramos. Enoc creyó que las perdería de vista definitivamente. En esos momentos, su mayor temor era terminar desorientado. Conservó la calma y logró distinguir la pista correctamente. Luego de cubrir una amplia distancia se dio cuenta de que el comandante tuvo la razón desde el principio. La batería del coche no sería suficiente para emprender el regreso. Era un viaje sin retorno.

Enoc llegó por fin a donde concluía la ruta de las huellas. Encontró un transporte detenido que tenía la forma de un cilindro con púas en los extremos. Imaginó que su método de desplazamiento era girar sobre sí mismo como un rodillo. El astronauta bajó de su vehículo para realizar una inspección directa. No halló a ningún tripulante dentro de la máquina alienígena.

Un pequeño campamento destacaba un poco más adelante. El lugar estaba resguardado bajo un domo hecho de un material semejante al grafeno. La mayor parte del área se encontraba  ocupada por una caseta que servía de habitáculo. El edificio indicaba que sus inquilinos estaban preparados para una larga estancia en el exoplaneta. No obstante, el astronauta tampoco encontró ocupantes allí dentro. Daba la impresión de que todos ellos acababan de partir atropelladamente.

En el interior del habitáculo se hallaban almacenados varios contenedores con rocas, sedimentos y otros materiales similares. El astronauta dedujo que los alienígenas se habían dedicado a realizar una recolección de muestras científicas; misión que no se diferenciaba del objetivo original de los terrícolas. Manipuló aquellos contenedores con sumo cuidado, a pesar de la excitación que lo embargaba. Se sentía conmovido al pensar que sus manos eran las primeras manos humanas que tocaban objetos fabricados por extraterrestres.

Mientras realizaba el registro del emplazamiento, el humano evitó pisar los objetos tirados en el piso. Supuso que los alienígenas habían empacado descuidadamente antes de abandonar su campamento con precipitación y quizá también el exoplaneta. Habían dejado atrás gran número de pertenencias. Enoc descubrió extraños aparatos electrónicos aún encendidos. Los examinó por un rato sin desentrañar su funcionamiento. Los dueños del campamento habían dejado también utensilios, herramientas y empaques con aparente comida. Por todo el lugar reinaba un completo desorden, como en una evacuación de emergencia. ¿Qué pudo espantar así a los alienígenas?

Regadas por todos lados se hallaban pequeñas placas metálicas. Enoc tomó una y vio que tenía impresa una imagen. Se trataba de una forma de registro fotográfico. Recogió las demás placas y observó sus estampas. Las primeras tomas mostraban simples escenas del paisaje, como cauces de ríos secos, barrancos escarpados y montañas lejanas. Sorpresivamente, las siguientes piezas retrataban la llegada de la astronave terrícola. Enseguida aparecían el desembarco de los astronautas y sus incursiones por el exoplaneta. Las imágenes evidenciaban que los alienígenas supieron de la presencia de sus contrapartes mucho tiempo antes. Si no se retiraron desde el principio tal vez aguardaban un momento oportuno para efectuar el primer contacto. Sin embargo, ¿Qué provocó que no quisieran entablar un diálogo finalmente?

La última pieza recogida por Enoc mostraba la imagen más reciente de todas. En ella se apreciaba el momento exacto en que el comandante era lanzado con violencia fuera del vehículo. La placa fotográfica escapó de los dedos temblorosos del astronauta. Comprendió que él mismo había ahuyentado a los alienígenas. Levantó la mirada al cielo y murmuró entristecido:

—Shalom aleichem.

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