Todos nacidos en el mundo

Ana Marina Ortiz Baker

2º premio en el 4º Certamen Supraversum de Relatos de Fantasía y Ciencia Ficción


―Todo está bien ―sentenció el holograma gigante cuando la lluvia comenzó. Un rostro femenino, demasiado sonriente, se desplegó en los rascacielos y en todas las pantallas del área metropolitana. Los ciudadanos, fastidiados o indiferentes, escucharon mientras se ponían sus impermeables, goggles, guantes y protectores de zapatos. La noche era azul. De pie en la parada del metrobús, Blanca ni siquiera pausó su música. Levantó la vista y se preguntó cuánto tardaría el ácido en disolver el techo, que debía ser transparente pero lluvias pasadas lo habían tornado amarillo.

―Queridos conciudadanos, se está presentando un fenómeno de lluvia ácida. Los pronósticos indican que durará cerca de una semana, por los que les pedimos seguir el Protocolo de Resguardo y Protección. ―El rostro femenino hizo una expresión de exagerada sorpresa ante las caricaturas que entraban desde las orillas del holograma. La lluvia ácida, como una escarcha filosa, cayó sobre el tráfico, los caminantes en la banqueta, los toldos de los locales presurosos por cerrar, los paraguas huidizos de los puesteros, y los árboles escasos y encorvados de las plazas. En el borde de la calle, los riachuelos se dirigían a las alcantarillas que pronto se desbordarían. Blanca sintió el agua como puntas de aguja sobre sus mejillas expuestas y optó por desdoblar el cuello de su camilla, diseñado para cubrir nariz y boca. Con el puño de la manga, limpió los vidrios de sus goggles.

Dibujo por Agraskar

Las caricaturas terminaron la demostración mientras la misma voz femenina seguía: ―El ácido es muy peligroso. Cuida a tu familia y cuídate a ti mismo. Recuerda: el bienestar de la ciudad es tarea de todos ―un hombre pasó frente a Blanca y escupió al suelo―, ¡échele una mano solidaria!― El anunció terminó abrupto, sin que las voces masculinas alcanzaran a cantar “…tierra de ensueño, que se llama…”, porque apareció un cuadro rosa con la inscripción “Buena suerte”, las letras cursivas y gorditas de un suave rojo. Blanca lo miró confundida, el metrobús llegó y subió. Parada en el pasillo, el corazón se le removió incómodo. ¿Por qué “buena suerte”? No era parte del mensaje del gobierno, eso era evidente.

Su departamento estaba en un edificio de cuatro pisos en la ladera de una colina al oeste de la ciudad. Se bajó en una avenida y caminó. La lluvia, ni fría ni cálida, empapaba. Llegó, se dio un baño para que el ácido no le causara un daño permanente, y después se preparó de cenar. Javier, su gato anaranjado, apareció de pronto a sus pies y demandó algo de comer. Le llegó un mensaje de sus padres, Papá trabajando en Estados Unidos preguntando si todo estaba bien, y Mamá se encontraba atrapada en casa de la abuela, donde tendría que esperar a que dejara de llover. Regresaría a casa cuando la lluvia quisiera.

Esa noche y las que siguieron, el mensaje volvió. “Buena suerte” en las salas virtuales donde tomaban clase, al final de algunos videos, en la interfaz infinita de las redes sociales. Otros lo empezaron a notar y a subir fotos de grafitis, en las ventanas del metro, se lo rayaron en el dorso de las manos y en el rostro. “Buena suerte”. La falta de contexto le perturbaba a Blanca, arrellanada una noche en el sillón, con una bolsa de plástico en la cabeza porque, en su aburrimiento, decidió teñirlo rosa coral. La lluvia ya llevaba un mes, y ninguno de sus padres aún podía volver. Javier se trepó a su regazo y se acostó sobre su pecho.

Buena suerte. El departamento silencioso. Otra noche azul. El ácido en la lluvia era sólo el triste sudor de un rostro que Blanca conocía pero no podía ver. Buena suerte. Papá solo en el extranjero, donde les gustaba arrancar impermeables para demostrar que la lluvia no hacía daño, ciegos a la realidad en los hospitales. Las manos de Blanca tenían pequeñas cicatrices de cuando olvidó sus guantes una vez, como cráteres blancos. Buena suerte. La noticia del día había sido sobre un horrible accidente vial, donde un vagón del metrobús se volteó y tardaron mucho en sacar a la gente, tiempo en el que el agua estuvo ardiéndoles. ¿Buena suerte?

Desde la ventana de la cocina, se podía ver la ciudad, y Blanca se acercó, cargando a Javier. Las luces lejanas formaban otras constelaciones en medio del aire denso y purpúreo. Se acordó del dichoso protocolo del gobierno, No todos pueden quedarse adentro, pensó con un nudo en la garganta. Así que… buena suerte a ellos. Desde el fondo de su ser, Blanca lo deseó. Era lo único que podía hacer. El gobierno dice que echemos una mano a los demás pero… las manos de Blanca eran demasiado pequeñas para atrapar y salvar algún pedazo de la sociedad que se derrumba. El ácido corroía las estructuras de los edificios, agravaba las goteras, los cimientos podían ceder en cualquier momento. Buena suerte a la ciudad. Haz algo, se recriminó Blanca, debe haber algo que puedas hacer. Quiso llorar. Se sintió muy sola, la vida se le mostró manchada, imposible de reparar. Buena suerte, estamos solos en esto.

Entonces lo entendió. Que la soledad era compartida, que en su mano sólo cabía otra mano, que alguien en el mundo le había deseado un poco de suerte esa tarde saliendo de la prepa. Una mano desconocida se había extendido, ahí seguía, y no le ofrecía consuelo, sino compañía. A ella y a un número inimaginable de personas. Blanca, el corazón pulsando como una estrella, al mismo tiempo que se lamentaba por la ciudad, se supo parte de ella. El mensaje anónimo, tal vez sarcástico, la había desafiado con su ambigüedad. Queda por ver lo que Blanca hará con esas ansias recién descubiertas. Buena suerte a todos, la necesitamos.


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