Úrsula

M. Flóser

Tercer premio en el 3° Certamen Supraversum de Relatos de Fantasía y Ciencia Ficción


El teléfono móvil sonó hacia las 5 a. m. La canción La salchipapa invadió la habitación a oscuras. Encendí la lámpara de mi mesita y cogí el teléfono con la torpeza normal de alguien que un segundo antes soñaba estar en una cita a ciegas con Brie Larson y había sido arrancada con violencia de la silla del restaurante al son de: «Ey DJ… ¿Tú sabes lo que es La salchipapa?».

—¿Sí? —dije tras mirar la pantalla y ver un número desconocido—. Sí, soy yo, ¿quién es?

—¿Quién es? —preguntó en un susurro Felicia, mi adormilada mujer.

—No lo sé —respondí cubriendo el micrófono del teléfono con la mano, luego quité la mano para responder a la persona que me hablaba al otro lado de la línea—: no, no es a usted, perdone, señora. ¿Quién dice que es?

—¿Qué te dicen? —insistió Felicia.

—Entiendo —dije a la que me llamaba mientras le hacía un gesto a Felicia para que se callara—. ¿Desde cuándo ocurre eso? Ya… ¿ha vomitado? ¿Mucho? ¿De qué color era? El vómito, claro. Ya… no tiene buena pinta, no. No se preocupe, señora, ha hecho bien en llamar, iré enseguida. Dígame la dirección. No se preocupe, tengo buena memoria. Ahá… ¿el número 49? Vale, pues intentaré llegar cuanto antes.

Colgué el teléfono, me tumbé y suspiré.

—¿Quién era, Úrsula?

—Una mujer que me quiere contratar. Tengo que irme.

—¿Ahora? Son las cinco.

—Lo sé, mi amor, pero por lo visto hay una niña en muy malas condiciones.

—¿Una niña?

—Su hija, una tal Bush.

—¿Bush?

—No, no era Bush. No sé, su nombre era el apellido de un presidente americano.

—¿Obama?

—No. El caso es que la mujer dice que su hija, ¿Clinton? No… pues que desde ayer hace cosas raras. Dice que su voz se ha vuelto muy grave, como si se hubiera fumado todo un estanco, que habla en un idioma incomprensible, que vomita mucho y de color verde, y que la cabeza le da vueltas.

—¡Pfff! A eso yo lo llamo resaca. Seguro que la pequeña ¿Lincoln?, ¿no es Lincoln?, bueno, pues la pequeña se fue de juerga ayer y se bebió hasta el agua de fregar.

—Ojalá fuera eso, pero puede ser algo más peligroso. ¿Tenemos agua bendita?

—Sí.

—¿Dónde?

—En su sitio.

Fui al cajón de mi ropa interior, AKA «su sitio».

—No la encuentro.

—Como vaya yo y la encuentre…

—Ya la tengo. Pues eso, que por lo visto la pequeña como-se-llame se sube por las paredes y hace cosas con los crucifijos que escandalizarían a Torrente.

—¿Crees que está poseída?

—Sí, lo creo.

—¿Por qué los demonios siempre poseen a niñas?

—Porque no me imagino a una anciana jugando a la ouija. Porque no te lo pierdas, cariño, la pequeña Kennedy, no, no es Kennedy, pues la niñita estaba jugando a la ouija como quien juega al Parchís.

—Vaya tela…

—Eso digo yo.

—¿Cómo ha conseguido tu número?

—Pagué para que un blog de ocultismo publicara un anuncio con mi teléfono. Parece que la mujer, cansada de que la pequeña Washing… no, no era Washington… bueno, pues que cansada de que su hija hablara con la voz de un cantante de death metal y de que los médicos le dijeran que era un resfriado mal curado, empezó a buscar en otros círculos. Me tengo que ir, mi amor, tú duérmete, es muy pronto.

—Vale, ten cuidado.

—Te llamo en cuanto mande a ese cabrón al infierno.

Eran las 7 a. m. cuando me planté delante del chalé situado en el número 49 de la calle Blatty. Nada sorprendente: un casoplón al estilo de la zona alta. ¿Por qué siempre tengo que exorcizar a niñas pijas? Una luz intensa y blanca salía de una ventana del segundo piso y me apuntaba como un foco. Suspiré y sentí un escalofrío. Los demonios consiguen ese efecto. Me acerqué a la puerta, toqué el timbre y esperé.

—¿Sí? —dijo una voz tímida. Era la voz de la mujer que me había llamado, pero sonaba distinta por teléfono, como todas las voces.

—Soy Úrsula Lago, exorcista privada —respondí—. Hemos hablado por teléfono hace un momento.

Silencio.

—¿Señora?

Me acerqué a la puerta, arrimé la oreja a la madera para ver si se escuchaba algo y, cuando estaba cerca, se abrió la puerta. Estuve a punto de vencerme hacia delante, pero mantuve el equilibrio.

—Hola. —La mujer que me abrió la puerta parecía una piltrafa: tenía el pelo completamente revuelto, ojeras marcadas, estaba pálida y la ropa parecía ser una talla mayor de la que necesitaría por su físico. No era la primera vez que veía esos efectos en el familiar de alguien poseído. Seguramente no hacía mucho que la mujer llenaba la ropa. Los demonios consumen mucho—. ¿Ha venido a ayudar a mi pequeña Regan?

¡Regan! ¡La niña se llamaba Regan, sonaba igual que el apellido del presidente Donald Reagan!

—Así es, señora —respondí disimulando mi pensamiento trivial—. ¿Puedo pasar?

La mujer me miró de arriba a abajo. Conocía esa mirada, me estaba examinando. «Demasiado joven…», estaría pensando, «… y demasiado poco “sacerdotal”». Por fin se echó a un lado y me dejó pasar. Conocía también esa cesión, significaba: «Ay, mira, yo ya no sé qué hacer con la niña».

—Gracias. ¿Dónde se encuentra su hija?

—Arriba, pero Eso no es mi hija. Es… es… es un engendro.

—Tanto monta, monta tanto.

—¿Cómo dice?

—Nada, nada, cosas mías, señora.

Subimos al segundo piso y la mujer me señaló una puerta. A través de la rendija que separaba la hoja del suelo se veía un festival de luces, como si la niña estuviera montándose una buena rave ahí dentro.

—Es ahí —dijo la madre.

Me acerqué, así el pomo redondo y lo giré. La puerta se abrió y una humareda que olía como el dormitorio de mi primo Lucas me golpeó en la cara. En el dormitorio una joven adolescente daba brincos en la cama y se mecía violentamente hacia delante y hacia detrás.

—¿Lo vé? —comenzó la mujer—, hace eso constantemente. Es horrible.

Entré en el dormitorio, traspasando la nube de humo y me sumergí de lleno en la atmósfera que la pequeña Regan había creado. Una música que a mí personalmente me parecía simple ruido con exceso de ritmo salía del móvil que la adolescente tenía en la mesilla de noche. Analicé la habitación: el suelo estaba lleno de ropa sucia, colillas, pañuelos de papel, preservativos usados y otros elementos más desagradables si cabe. Las paredes estaban empapeladas con pósters de grupos musicales de los que no había escuchado hablar en mi vida.

—¿Regan? —me aventuré. No me escuchó—. ¡¿Regan?!

La adolescente se detuvo en seco al escuchar mi voz imponerse por encima de aquella música, me miró de arriba a abajo y dijo:

—¡¿Tú quién coño eres, pava?!

—Mi nombre es Úrsula Lago. He venido a ayudarte.

—¿Ayudarme de qué?

—Tu madre cree que estás poseída por un demonio.

—¡Pfff! Demonio el que tengo aquí colgao —dijo agarrándose la tela sobrante del pantalón a la altura de su entrepierna, como si realmente tuviera algo ahí colgado—. ¡Ma! ¿Tú pa qué coño vas diciendo na de mí?

—¡Hija, yo ya no puedo más con esta situación! ¡No paras de romper las puertas, de robarme dinero del monedero, de vomitar y, lo peor, no paras de tocarte ahí abajo con la puerta abierta!

—¡Pos porque tengo un satisfaller desos! ¡Si tú estás mal follá no es mi culpa!

—¿Ve cómo me habla, señorita? ¿Ve lo que tengo que aguantar?

Miré a ambas y luego me miré el reloj.

—A ver si lo he entendido… ¿me está diciendo que me ha llamado a las cinco de la mañana, me ha hecho venir hasta la zona alta, con lo mal comunicada que está, para ver a una niña adolescente maleducada?

—¡Está poseída!

—¡No, no lo está! ¿Y la ouija?

—¿La ouiqué? —preguntó la adolescente.

—Tu madre me dijo que habías estado jugando a la ouija.

—¡Pfff! Pos como no sea la Wii…

Puse los ojos en blanco, me di la vuelta y empecé a irme de allí.

—¿Se va?

—Me voy.

—¡¿No piensa ayudarnos?!

—Señora, yo no puedo hacer nada por su hija.

—¿Entonces qué hago con ella?

—Qué sé yo… llame al programa Hermano mayor, están más acostumbrados a gente como su hija y su cruzada contra las puertas. Ignoré los insultos que me dedicó la mujer, ignoré que, de repente, era ella la que parecía poseída por una demonia barriobajera y me fui a casa a arañarle un par de horas al despertador abrazada a Felicia.

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